Olvidos

Sentada en la vieja mecedora de madera, su cuerpo se balancea suavemente. Los pies no le llegan al suelo. Con el paso de los años, se ha ido empequeñeciendo. No es que fuera muy alta, de joven, pero al menos sí podía apoyar ambas plantas en el suelo y darse impulso. Ahora, es su nieta la que la hace balancear, jalando rítmicamente el respaldar de la mecedora mientras le hace muchas preguntas. La geriatra les ha dicho que es importante mantenerle la mente activa. Hacerle preguntas. Que relacione nombres con parentescos. Con anécdotas. Con historias. Que cante y cuente cuentos. Que lea y haga crucigramas. La nieta más joven está a su cuidado los fines de semana. Llega los sábados alrededor de las 9 de la mañana y se queda con ella hasta el domingo a las 5 de la tarde. Le habla mucho. Le hace infinidad de preguntas. Le pide que le recite poemas y le narre leyendas antiguas, como cuando era niña. Cocina para ella y la ayuda a asearse. La abuela es fuerte aunque pequeña. Enérgica. Todavía puede hacer muchas cosas por si misma, aunque su cabecita se confunda, a veces. Habla de la madre como si estuviera cerca. Y de los hijos como si fueran niños. A veces habla del marido como si aún estuviera vivo y pregunta por qué no ha regresado del trabajo. Y, en ocasiones, confunde a la nieta más joven con la hija más grande. No, no soy Luisa, abuela. Soy Sara. Ah si Sarita, claro, es que te pareces tanto a tu mamá. Luisa es castaña y bajita. Sara es morena y alta. Pero, la nieta no la corrige. Es bueno que al menos la abuela recuerde que Sara es la hija de Luisa. Y que Luisa es su hija. Cuéntame esa historia de cuando perdiste la maleta, abuela. Es tan divertida. Ay, Sarita, fue terrible. Fui a visitar a la Tere a Roma. Tres meses me iba a quedar. Y la maleta no llegó. Y yo no tenía mi ropa, mis cosas, nada. La Tere me tuvo que prestar de todo. La abuela sonríe. Recuerda a su hermana gemela. La Tere siempre tuvo mal carácter pero era muy generosa, dice. Vamos a almorzar, abuela. Te hice una crema de zapallo. No me gusta el zapallo, yo quiero crema de cebollas, se queja la abuela. Come a regañadientes. Pide un postre, cuando termina la crema. La nieta le da gelatina. Cuando la está comiendo, la abuela se pone triste. He llamado a mi Artemio a la oficina, dice. Artemio tu abuelo, repite, como si la nieta no supiera. El amor de mi vida, desde que lo conocí cuando tenía 14 años, cuenta una vez más. Siempre cuenta esa historia. Cuando conoció al abuelo en el viejo tranvía. Quería preguntarle por qué no ha venido todavía, dice. Se está demorando mucho. Lo llamé y le dije que le hice un keke de zanahorias. Y le colgué para que no se ponga a renegar. A veces es un viejo cascarrabias, dice. Y sonríe. Seguro con eso ya regresa. Le gusta mi keke. Abuela, abuelita, murmura Sara. Le acomoda el cabello en la cabecita que lo confunde todo. Que lo olvida todo. Le da un beso en la frente. Le limpia la boca. Abuelita, el abuelo Artemio ya no está aquí, ¿recuerdas? Murió hace unos años. Ay Sarita, qué dices. Si yo lo he llamado, me ha contestado. Él no se ha muerto todavía. Seguro ya viene a comer mi keke de zanahoria.

Noviembre 3, 2020

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: