Mi vida entera

El timbre suena a las 8:30 de la noche. Exactamente. Ella sonríe. Se asoma por la ventana para verlo. Está muerta de nervios. No ha podido estar quieta desde que recibió su llamada, unas horas antes. 

Vienen hablando hace semanas. Al principio, la sorpresa por haberse reencontrado después de tantos años. Poco a poco, la puesta al día. Qué estudiaron, dónde vivieron, sus matrimonios, sus divorcios, sus hijos. 

Una noche, en una conversación casual, él le manda una foto de su terraza. Ella, impulsivamente, dice me gustaría estar ahí. ¿Conmigo?, pregunta él. Ella, intentando bromear, le dice claro, ¿con quien más? Después de eso, es un océano de aguas profundas. Se siente la marea bajo los pies, el oleaje subiendo, sin apuro pero sin retroceso. Me gustaría verte, dicen un día al mismo tiempo. Se ríen. ¿Y si no te gusto?, se preguntan. Ya me gustas, se contestan. ¿Por qué?, le pregunta uno al otro. Por todo, se responden. 

Semanas contándose quiénes son, cómo son, qué aman, qué temen, qué sueñan. Si no hubiera pandemia, ya se habrían encontrado. Pero son responsables. Más él que ella, hay que decirlo. Ambos tienen padres mayores, ambos tienen hijos aún pequeños. No los pueden arriesgar. Cuando las cosas mejoren, se dicen. Cuando sea más seguro. 

La distancia no los desanima. La marea crece y los envuelve. Flotan en un mar de emociones. De la ternura más delicada ante las confidencias de infancia, a las risas por las anécdotas cotidianas. Alguna vez se fastidian. No son perfectos, claro. Y tampoco se quieren así. Les gusta conocerse también los lados oscuros. Saberse reales.

Hablan el día entero. La noche entera. ¿Sabes qué quisiera?, le dice ella un día. ¿Qué?, pregunta él. Que me abrazaras, pide ella. También te besaría, avanza él. Mucho, refuerza ella. Sin parar, por todo el cuerpo, aventura él. Desde ese momento, el océano que los envuelve es más abierto y más profundo. Infinito. Se cuentan los deseos, las fantasías. Se piden. Se proponen. Se aseguran. 

Cuando podamos estar juntos, dicen. Tomar el café, conversar sin parar, hacer el amor todos los días (coger, follar, dicen también), ir a la playa, montar bicicleta, acampar en la montaña, ver películas, pasear por las calles. Dormir juntos. No hay nada que no sueñen.

¿Me amas?, pregunta él un día. Te amo, responde ella. Y yo a ti, completa él. Siguen alimentándose de voz, de susurros, de risas y de gemidos por semanas. El teléfono es lo mejor que tienen. 

Un día a la hora de almuerzo, él la llama. Mi vuelo sale en una hora, dice. Ella se queda muda. La emoción le ha cortado la voz. ¿Vienes?, pregunta en un susurro. Voy, contesta él. Llego a tu casa a las 8:30.

A las 8:31, ella abre la puerta. Se miran. Por segundos eternos, no dejan de mirarse. Sonríen. Se acercan. Se besan. Después de unos minutos, ella nota sus dos mochilas apoyadas contra la pared. Enormes. De montañista. Y su morral atravesado en la espalda. Colgado del morral, el casco de la bicicleta. Al final, nota una caja. Frágil, dice. Él sigue su mirada. Son mis equipo, explica. Ella lo mira a los ojos. Sonríe. Sospecha la respuesta, pero igual hace la pregunta. ¿Qué es todo esto? Mi vida entera, dice él.

Octubre 28, 2020

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