El departamento de al lado

Después de mucho tiempo compartiendo departamento con amigas, Lucrecia podrá vivir sola. El contrato con la aerolínea es por tres años y la paga es buena. Lucrecia es la única mujer piloto y la quieren usar en la publicidad de la empresa. Ella ha sabido negociar. Sus horas de vuelo se agrupan en tres días de la semana y luego descansa. Después de volar, Lucrecia agradece tener ese espacio solo para ella. En las noches que pasa ahí se cocina algo, bebe un tinto, lee para conciliar el sueño y se desploma de cansancio. Las primeras noches, duerme de corrido. Al cabo de un mes, un sonido se filtra en sus sueños. Parece una gota que cae a intervalos irregulares. Lucrecia se levanta y revisa el lavadero para cerrarlo bien. A veces le parece que alguien toca a la puerta con los nudillos. Da golpes rápidos y se detiene en algunos. En una pesada duermevela, piensa que alguien ha llegado de visita. Pero no hay nadie. Al cabo de dos meses, los sonidos le resultan evidentes cuando está a punto de dormirse. Vienen de la pared izquierda de su habitación. La que colinda con el departamento vecino. Está segura. Alguien golpea con los nudillos. Golpe seco, golpe intenso. Pausa. Golpe seco, golpe seco, golpe intenso. Pausa. Lucrecia se enoja. ¿Quién podría estar martillando a estas horas? Prende la televisión para tapar los sonidos. Duerme. Al cabo de tres meses, la aerolínea lanza una campaña de marketing genial. Lucrecia es la cara. La primera y única mujer piloto en la ruta Lima – Madrid. Usan fotos de Lucrecia pequeña, con un avioncito de papel. Siempre quiso ser piloto, dice. Estudió y se esforzó mucho, cuenta. Trabajó miles de horas extra para pagarse las prácticas de vuelo, enfatiza. Las mujeres tenemos que ser independientes. Mostrar de lo que somos capaces. Sonríe. Las mujeres libres son mujeres que vuelan, reza la publicidad. Al cabo de cuatro meses, Lucrecia piensa en mudarse. El repiqueteo en las noches no para. No es un caño perdiendo agua. Nadie está martillando. El departamento contiguo está desocupado desde enero. Nadie llega de visita en la mitad de la noche. Lucrecia habla con la agencia de corretaje. Así no puedo dormir, se queja. Y por mi trabajo necesito estar descansada. Como se ha hecho famosa, atienden su pedido. Le consiguen otro departamento. La última noche ahí, Lucrecia prepara una cena ligera, descorcha un vino blanco que puso a enfriar. Un pasajero español que ha conocido en uno de sus últimos vuelos está con ella. Lucrecia y su amante están en la cama. Empiezan suavemente a besarse. Cuando él le va a quitar la ropa interior, empieza el repiqueteo. Golpe seco, golpe intenso. Pausa. Golpe seco, golpe seco, golpe intenso. Pausa. Golpe intenso, golpe seco, golpe seco, golpe intenso. Pausa. El español se ha paralizado. Lucrecia le muerde el cuello pero él la aleja. Shh, detente, dice. Contiene la respiración. Joder, exclama. Están pidiendo auxilio. Corre al departamento contiguo pero nadie atiende. Está vacío, le explica Lucrecia. Qué extraño, dice él. Pedían auxilio, en código. No puede ser, dice ella. Pero se queda inquieta. No es aún medianoche. Llama a su corredora. Le pregunta por el departamento contiguo. Ay, querida, le dice la mujer. No te lo quise decir para no espantarte. En enero hubo un feminicidio allí. La mujer quería trabajar y el hombre no quería dejarla salir de la casa. Una historia terrible. La golpeó, la dejó atada e inconsciente y se fugó. La encontraron, pobre, unos días después. Ya había muerto. Parece que trató de defenderse, eso sí. Y de avisar. Tenía los nudillos en carne viva.

Noviembre 2, 2020

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