El bolso

No es poca cosa, veinte años de vida en común. Tanta historia. Tantos recuerdos. Pero cuando toca dejar una casa, nada de eso ocupa espacio. Lo que ocupa cajas y maletas es todo lo que una acumula por pena, por nostalgia. Yo no soy así. No acumulo. Lo que no uso, lo dejo ir. Así que mis mudanzas, con el paso de los años, son más ligeras. Aprendí a vivir con lo básico. Con lo que importa.

Hoy, sentada en el cuarto que alquilo en una casa pequeña al fondo de una hermosa quinta antigua, miro mis pocas pertenencias. Algo de ropa, libros en el estante, la laptop. En un rincón de la cocina de uso comunitario tengo algunos trastes. Los muebles grandes quedaron en la casa familiar. No me hacen falta. Traje solo lo que podía cargar en dos mochilas. Puedo reconstruir mi vida a partir de estas pocas cosas. Me parece mejor así. Dejo espacio libre para que llegue lo nuevo. Lo que deba llegar.

Pero no creas que olvido. No. Veinte años de vida en común no es poca cosa. Algunas fotos y cartas quedan protegidas en la contratapa de un libro. La vieja chompa negra que solías usar aún me sirve de abrigo cuando, en las noches, salgo a la terraza a fumar un cigarro. Meto la mano izquierda en el bolsillo, imaginando que encontraré esos boletos de bus que doblabas tan apretujadamente que luego no se podían volver a estirar. De tu olor no queda nada, pero la chompa seguirá siendo tu chompa. La que yo quise conservar.

Sin embargo, cuando paso la mirada por mis pocas cosas, una atrae y retiene mi atención. Una que concentra los mejores recuerdos. Nuestro mejor tiempo. Aquel en que, en verdad, nos habíamos conectado. Nos entendíamos. Nos amábamos. O, mejor dicho, el tiempo en que mejor me entendiste y más me amaste.

Recuerdo ese mes sin ti. Tu viaje a Nueva York por trabajo. Tus mails diarios contando todo lo que veías. Tus ganas de que estuviera allí contigo, viéndolo todo. Caminando juntos por el Central Park. Yendo al teatro cada noche. Pero yo no podía viajar. Nuestros dos hijos pequeños no admitían separación. Tu ausencia ya era bastante.

Recuerdo cuando volviste. El reencuentro. Los abrazos en el aeropuerto. La excitación de los niños. La mía. La tuya. El regreso a casa en un taxi destartalado, hablando sin parar. La llegada. El ritual de abrir la maleta. Los juguetes de los niños. El adorno para la sala. Los cd que no conseguíamos en Lima. Y, al fondo de todo, la cereza del pastel, la mayor de las sorpresas.

Lo sacaste con cuidado, sin dejar de mirarme. Querías ver mi expresión. Yo lo miraba. Al bolso. Y a ti. Alternadamente. Un bolso de tela gruesa, con tejidos y cuentas brillantes. De colores tierra y verdes. Con forro rojo intenso. Con una larga correa que remataba en aros de metal, firmes, fuertes. Yo nunca había visto un bolso más hermoso. Pero era otra cosa, en realidad. Ese bolso hablaba de mi. Ese bolso era yo misma. Y eso fue lo que me dijiste, cuando te paraste y me lo entregaste con las dos manos. Como una ofrenda.

¿Puedes creer que lo encontré en un puesto ambulante? Lo vi y supe que era para ti. Sabía que te iba a gustar, decías. Emocionado. 

Yo sentí una revolución en mi interior. Después de años recibiendo perfumes del Duty Free que nunca usaba, llegaste con el bolso más perfecto. El que tengo aquí, delante mío, colgado del viejo ropero de mi pequeño cuarto. El que tendré siempre conmigo. Porque soy yo. Porque fuiste tú.

Octubre 31, 2020

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