Las dinámicas de lo estático

El hombrecito traía la camisa arrugada y una barba de días. Siempre puntual y con la carpeta bajo el brazo, llegaba a la plaza y se acomodaba en un banco. Sacaba las cartulinas y los lápices y dibujaba. Que si el campanario de la iglesia, que si el tronco de un árbol, que si las flores al lado de la pileta. Dibujaba con maestría y con tal nivel de detalle que detenía a los transeúntes. No había noche que se fuera con alguno de sus dibujos. Los hacía y los vendía todos a lo largo de la jornada. Un genio, el hombrecito.

Aquella mañana, ya llevaba vendidos unos 3 o 4 cuando la joven se sentó a su lado. Eso no gustó mucho al hombrecito que, íntimamente, sentía tener reservado ese banco solo para si, en perpetuidad. Su incomodidad se notó en la tensión de su cuerpo y en la mirada de reojo que le echó a la joven. Ella no se dio por enterada. Traía audífonos puestos y seguramente no escuchó sus resoplidos de fastidio. Sacó un libro del bolso de tela y, tan campante, se puso a leer. Concentrada en su lectura, parecía parte del banco. Quieta como el campanario, como el tronco del árbol. Solo sus cabellos se movían suavemente con la brisa, como las flores de la pileta.

El hombrecito sintió otra inquietud. Necesitaba dibujarla. Sus pies, para ser precisos. Pero habría sido muy osado. Si no era ella la que se daba cuenta, algún transeúnte lo habría notado. Quizá alguien habría hecho algún comentario. Quizá incluso alguien le decía, señorita, ¿no vio que aquí el dibujante está lucrando con su figura? El pobre hombre se debatió entre el deseo de dibujarla y el terror a ser descubierto. Se revolvió entonces sobre un costado y se dedicó al semáforo. Le salió uno tan perfecto que si lo hubieran colgado en una intersección, habría detenido el tránsito.

Alrededor del mediodía, la joven se paró y con la misma naturalidad y calma con la que había llegado, se fue. El hombrecito sintió alivio, al inicio. Luego sintió fastidio. Se dio cuenta que estaba inquieto e intranquilo y eso no le sucedía a menudo. Era su presencia y luego su ausencia. El hombrecito sintió ganas de increparla. Pero luego, sintió ganas de que estuviera ahí al lado, quietecita, leyendo como si no hubiera dibujante, como si no hubiera brisa, como si no hubieran transeúntes. Para conjurar el fastidio, cerró los ojos, recordó sus pies y los dibujo con trazos finos y rápidos. El dibujo estuvo listo en minutos y no tardó nada en ser vendido. Un joven muy elegante, con terno de buena tela y camisa de seda, lo vio y lo compró sin dudarlo. Una mujer con pies tan delicados debe ser bellísima, dijo mientras pagaba.

El hombrecito sintió furia. Los pies de su señorita habían caído en manos de un galán de cuarta. Pero, sería peor que este sujeto la conociera. El hombrecito temió que ella volviera, que el joven la reconociera, que se presentaran. Que se fueran juntos. Aturdido como estaba por esos sentimientos tan exaltados, siguió con la mirada al joven que se iba por la derecha y no notó que ella volvía por su izquierda. Nuevamente, ella se sentó a su lado, sacó el libro y continuó su lectura. Con las piernas cruzadas, los pies quedaban en la misma posición en que los había dibujado. Al caer la tarde, guardó nuevamente sus cosas y se fue.

Al día siguiente, el hombrecito otra vez acomodado en su banco, dibujó los azulejos de la pileta. Azules y verdes. Delicados y preciosos. El dibujo lo compró una señora que volvía de sus compras de mercado. Cuando se fue, él empezó a dibujar la puerta vieja de una quinta que colindaba con la plaza. Una puerta cerrada. De madera. Fue en ese momento que los vio. El joven elegante y su señorita. Conversaban a la altura de la iglesia.

El hombrecito sintió que se le revolvía el estomago. El joven sonreía y hablaba, galante. Su señorita lo miraba. A los ojos. Su cuerpo erguido y quieto. Sus cabellos ondeando casi imperceptiblemente con la suave brisa de la mañana. El hombrecito cerró los ojos y trazó en segundos su perfil. Eso era lo que le quedaría de ella. El dibujo de una mujer hermosa en la plaza. Detenida en el tiempo. Nada más. Angustiado y deprimido, miró las arrugas en la manga de su camisa. Sintió soledad y tristeza. Guardó el dibujo en su carpeta. No lo vendería. Sería solo suyo.

Al cabo de unos segundos levantó la mirada hacia la iglesia. El joven y su señorita ya no estaban. Los imaginó caminando juntos por el malecón. Tal vez estarían mirando el mar. Tal vez sonreirían. Su tristeza se agudizó. No se le ocurría qué dibujar, en ese estado. Pensó en guardar sus cosas e irse de allí. Quizá tendría que buscar otro banco en otra plaza. Estaba a punto de hacerlo cuando ella llegó una vez más a su lado. Se sentó. No traía los audífonos puestos. No sacó el libro de su bolso de tela. Se quedó quieta mirando al frente. De pronto, se volvió hacia él y sonrío. ¿No le importa que me siente a su lado?, preguntó. El hombrecito sintió una sensación de tibieza en el pecho. No, por supuesto, le contestó. Sacó una cartulina y empezó a dibujar. A dibujarla.

Agosto 22, 2020

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