Problemas que originan las maletas grandes

Te lo he dicho ya. Lo reconozco. No insistas. Sé que te gusta refregármelo, vez tras vez pero, es suficiente. No debí traer esta maleta. De haberme quedado con la pequeña, solo habría traído lo indispensable para unos pocos días. Y, al cabo, me habría ido llevándome un poco de ropa sucia, la toalla húmeda seguramente. Y mis libros. Quizá te habría dejado alguno terminado de leer. Excusa clásica para buscarnos después. Hola, terminé el libro que me prestaste. ¿Nos encontramos en el café y te lo devuelvo? Sí, claro. ¿El martes a las 6? Perfecto, ahí nos vemos. Un beso. Otro para ti. Y así habríamos seguido hasta el final de los tiempos.

Pero, tuve que traer la maleta grande. En mi defensa, no fue realmente mi culpa. Mi hermano salía de viaje. Necesitaba una maleta pequeña. Me juró que al volver me la devolvía pero, quién hubiera imaginado que se la destrozarían en el aeropuerto. Creyeron que llevaba drogas y le rompieron cada costura, el forro, las correas, los jaladores de plástico. Por supuesto, eso no fue su culpa aunque la pinta de vagabundo que tiene no ayudó. Fue mi culpa, obvio. Yo había escondido en el bolsillo exterior unos tronchos que me regalaron hace poco. Y sí, ya me los había fumado pero, seguro algo de hierba quedó en el fondo. O solo el olor. Y le tocó el bendito perro-detector-de-todo. Pobre, mi hermano. El escándalo que se armó. Alto. Deténgase ahí, deje la maleta. De un paso al costado. Venga con nosotros. Y el perro olfateando como desesperado. Mi hermano, más desesperado todavía. Que pierdo el vuelo, tengo una reunión de trabajo. Y los policías anti drogas mirándolo con sorna. Otra vez, la pinta de vagabundo.

Me distraigo, lo sé. Pierdo el hilo. Eso también me lo has dicho. Hablar contigo es un trip. Sé dónde empezamos pero ni idea dónde vamos a terminar. Una vez hasta me pusiste relojito de arena. Dijiste bueno mi amor, solo un minuto por turno. Te odié tanto ese día. Y me reí como nunca. Es una de las cosas más divertidas y tontas que hemos hecho. Al final el relojito cayó debajo de la cama pero nosotros seguimos hablando sin parar. ¿Recuerdas? Bueno, es verdad. Tienes razón. En realidad dejamos de hablar y nos enredamos bajo las sábanas.

Pero bueno, otra vez me voy por las ramas. La maleta. Lo sé. Pude traer mis cosas en la mochila. Hasta en el morral, es cierto. Pero, me resultó divertido esto de la maleta. Señorita, ¿se va de viaje? Sí Ernesto, vuelvo en unos días. ¿Por trabajo o por placer? Por placer, por placer, le respondí antes de salir del edificio. Antes de subirme a un taxi. Antes de tocar a tu puerta. Antes de que me dejaras entrar, mirando con asombro mi maleta grande. ¿Qué traes ahí? ¿Tu biblioteca entera? Bueno, si así me vas a recibir, me alegra haberla traído toda porque me dedicaré a leer. No pienso hablarte. Está bien, dijiste. Excelente. No me hables. Y, mientras lo decías, atraías mi cuerpo al tuyo con la fuerza de tu mano en mi espalda. Me acercabas y me besabas. Me besabas y me desvestías. Me desvestías y me tocabas. Todo al mismo tiempo. Todo con ansia.

Si yo no hubiera traído la maleta grande, todo podría haber sido distinto. Me habría ido a los pocos días. Lo sé. Pero, terminemos de ser francos y justos de una buena vez. Esto no es del todo mi culpa. Algo de responsabilidad tienes tú, ¿no te parece? Si no me miraras como me miras cuando leo, cuando bebo o cuando duermo, podría haber regresado a mi casa antes. Si no me distrajeras cuando trabajo o veo una película, besándome el cuello y los hombros, seguramente ya habría empacado. Si no me leyeras lo que andas escribiendo, preguntando si me gusta, no seguiría tan enganchada a ti. Cada día. Cada noche.

Así que, no me digas más que el problema que tenemos aquí empezó con mi maleta grande. El problema, mi amor, es que nos enamoramos.

Agosto 2020

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