Mujer ave

Desde generaciones antiguas, corre por sus venas la sangre del migrante. Sus abuelas y las abuelas de estas se movieron por el mundo, por distintos motivos. Pastoras transhumantes, espíritus peregrinos, viajeras intrépidas e impulsivas. Su propia madre la parió durante una estancia en tierras extrañas y la cargó en la espalda por semanas hasta llegar al hogar. Al que ella llamaría hogar cuando niña. Pero para entonces, ya la sangre roja intensa fluía por su cuerpo, demandándole también fluir por el mundo. 

De pequeña, los viajes cortos la llevaban de la casa materna a la escuela. Unas pocas cuadras que eran universos completos a sus pocos años. De adolescente, los paseos familiares y las excursiones con las amigas fueron ampliando su mundo, alimentando sus anhelos. Cuando joven, no terminaba de desempacar y ya estaba otra vez en la ruta. Estudios, trabajo o aventura, siempre había una buena excusa para partir. Y siempre un tiempo para volver, pues tiene una raíz poderosa, firmemente anclada en la tierra de su pueblo que la llama de regreso cada vez que necesita pausar. 

Ha caminado por caminos de tierra en pueblos perdidos entre las montañas y por calles polvorientas en los márgenes de caóticas ciudades, escapando entre risas y nervios de perros callejeros siempre dispuestos a asustar a la más cauta. Ha remontado el curso de ríos y la quietud de lagos y lagunas en botes pequeños y en lanchas veloces, dejándose despeinar por el viento y mojar por las aguas que salpican en cubierta. Ha cruzado continentes, mares y océanos en aviones silenciosos que la han transportado a lugares fantásticos y deslumbrantes, llenos de gente con costumbres iguales o distintas a las propias, pero siempre nuevas. Partir y volver, andar y conocer, conocer y deslumbrarse. Y amar. Y dejarse atravesar por tanta belleza vista y vivida. Así, siempre, desde que recuerda y desde antes aún.

Por eso, la reclusión le está costando. Semanas enteras sin siquiera salir a caminar. La mochila lánguida en un rincón de su habitación. Las sandalias cubriéndose de polvo bajo una silla. Y ella, ella estirándose, sacando el cuerpo por una ventana para sentir los rayos del sol, la brisa fresca que llega del mar, los sonidos de la calle, la luz de la luna. Por momentos le falta el aire, le falta el vuelo. Como hoy, que querría transmigrar en ave, abrir las alas, salir volando hacia la luna en esta que será una poderosa noche de plenilunio.  Lo ha venido preparando desde la luna llena de abril. Ha venido recargando y acumulando las energías necesarias. Hoy está lista. No necesita mochila ni sandalias. No necesita nada. Hoy bailará descalza y desnuda bajo la luna llena de mayo, hasta que le crezcan las alas, hasta que levante vuelo. Hoy será mujer ave, mujer luna, mujer noche.

Mayo 2020

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