La última cajetilla (v. extendida)

Estiro la mano por debajo del asiento hasta alcanzar la cajetilla. Mierda. Solo queda un cigarrillo. Mal día para tener que tomar una decisión. Tengo cita con el abogado, con el psicólogo, con mis jefes y demasiados pendientes. Por otro lado, me atormenta el reclamo de mis hijos, mamá, deja de fumar. Sí, chicos, lo prometo, es el último.

A mitad de camino enciendo el bendito último pucho. Aspiro profundo, sonrío. Manejo disfrutando el buen tabaco, mientras Joplin grita come on and cry, cry baby. Es mi ritual cada mañana. El primero de dos cigarros en el día, desde hace unos seis meses. El segundo lo fumo al volver a casa. Por eso mis hijos se dieron cuenta, porque el carro apesta. Hace ya tres o cuatro cajetillas prometí que lo dejaría.

La ruta que sigo, invariablemente cada mañana, tiene una larga avenida con berma central tupida de árboles altos y frondosos. Disfruto fumar mientras avanzo bajo sus copas. Por momentos olvido que estoy en esta caótica ciudad. Por momentos olvido que mi vida es un caos. Termino el cigarro con una pitada larga y profunda. Antes de botar el humo, estoy convencida que no será el último.

La cita con el abogado sale mal. Ni bien llego y saludo, mi ex me increpa. ¿Estás fumando? No deberías.  Luego se acerca a su abogado y le susurra al oído. Los dos me miran. Me asusta pensar que esto me puede perjudicar en el divorcio. ¿Dirán que soy una mala madre? ¿Qué expongo a mis hijos a condiciones poco saludables? Tengo que echarle algún aerosol perfumado al carro, pienso. No, creo que mejor una limpieza de salón, de esas que ofrecen en los sótanos de los centros comerciales. El sábado me daré una vuelta, decido.

La cita con el psicólogo es peor. Le cuento el incidente de la mañana y al cretino, a quien le pago un huevo, no se le ocurre mejor pregunta que ¿Por qué crees que fumas? ¿Por qué? Porque lo disfruto, porque me gusta, porque me distrae y me saca de los pensamientos de siempre. Ahora, si tiene que ver algo con algún falo o con mi padre que también fuma o con que me casé con el hombre más parecido a mi padre que encontré porque reproduzco patrones, no es mi problema. A mi me gusta el tabaco. El de los Camel, eso sí. Pienso todo esto mientras levanto los hombros. No sé, le contesto.

En el trabajo, felizmente, todo sale bien. El proyecto funciona y mis jefes están felices. Hemos logrado salvar dos campañas y ha habido ganancias para la empresa. Me felicitan y me agradecen. Sobre los pendientes, las cosas se aligeran. Ya no es todo para ayer. Están tan satisfechos que me dicen que puedo entregarlos la próxima semana. Todo bien hasta que al despedirnos, percibo claramente que uno de mis jefes inhala un poco más profundamente de lo necesario y tuerce la nariz. El cigarro, pienso. ¿Nadie tiene nada mejor que hacer en la vida que joder porque una fuma?

Decido irme temprano a casa. Pero hay una parada pendiente. Voy por una cajetilla nueva. Que se jodan mi ex y su abogado, que se jodan el psicólogo y mi jefe. Que se guarden sus falos y sus juicios. Fumo porque quiero. Y si dejo de hacerlo, va a ser solo por cumplir la promesa a mis hijos. Esta va a ser la última cajetilla. Prometo.

Julio 2016

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