Despeinada (variación; extendida)

Caminaba apurada, llegaba tarde. Nada le molestaba más que la impuntualidad. Pero en esta ocasión, además, quedaba mal con él. Le había pedido encontrarse a las ocho y llegaba demorada. Agitada. Nerviosa. Hubiera querido llegar minutos antes, calmar la respiración, las pulsaciones. Pero ya no se podía. Ella llegaba tarde y él ya estaba allí. Lo vio apoyado en la pared. Quiso acomodarse el cabello y el uniforme, pero él la vio llegar y ella se sintió inhibida de arreglarse. La saludó con un gesto de cabeza y una sonrisa. Esa sonrisa. La que le cortaba la respiración.

-Lo siento -dijo avergonzada, mientras le acercaba la mejilla.

-Tranquila, respira. Parece que viniste corriendo -bromeó él, acomodándole el cabello que le caía sobre los ojos-. Estás toda despeinada -continuó, sonriéndole, invitándola a seguirle el juego.

Debía haber evitado el encuentro, pero por lo contrario, lo había provocado. Le había pedido reunirse para que la ayudara con unos ejercicios. Le había dicho que no podía antes de las ocho, ningún día de semana porque después del cole iba al inglés, pero lo cierto es que quería encontrarlo de noche. Lo había preparado todo, sabiendo a dónde la llevaría.

-No me has visto despeinada -contestó, con el corazón desbocado, expectante.

-¿Y qué hay que hacer para verte así? -la desafió él, mirándola de frente, sin dejar de sonreír.

Era la línea. La había soñado mil veces. Había ensayado un millón de respuestas. Algunas en tono de broma, otras tímidas, otras agresivamente descaradas. Se había enojado consigo por perderse en esas fantasías, cuando lo único correcto por hacer era no darle rienda. Menos aun provocarlo.

Pero ya estaba jugada. Sintió que el corazón se le iba a escapar por la boca cuando intentara hablar. Y, como lo había sospechado, no pudo mirarlo a los ojos. Fue acercándose a su cuerpo, mirándole los labios. A centímetros de distancia, inclinó la cabeza hacia un lado. Le habló directo al oído, lo más despacio que pudo. Lo más claro posible. Llévame a tu cama – susurró.

***

No recuerda bien qué pasó después. No podría reproducir el diálogo, el orden de las cosas. ¿Fue él quien la tomó de la mano y la condujo? ¿O fue ella la que empezó a caminar? ¿Quién hizo el gesto? ¿Importaba? El recuerdo de su mano subiéndole por el muslo en el asiento trasero de ese taxi le nublaba los recuerdos. El calor que sintió cuando sintió su boca en el cuello, en la oreja, mientras la mano avanzaba por debajo de la falda.

***

Su habitación era como la había imaginado. Pequeña, oscura. Ropa en las sillas, libros y papeles en la mesa, exámenes por corregir. Quizá el suyo entre ellos. Una cama destendida en un rincón. Todo era tal como lo soñó. Todo menos lo más importante. La seducción galante, la coquetería y el juego acabaron cuando cerró la puerta. La empujó a la cama, le levantó la falda, le quitó la trusa y se bajó el pantalón a medias. La penetró sin cuidado, sin besos, sin palabras dulces ni atrevidas, sin mirarla siquiera. Ella no logró reaccionar, no se movió, no dijo nada cuando el dolor la atenazó. Lo único que logró comprender en ese instante fue que allí ya no cabían los juegos previos. Las miradas, las sonrisas y las indirectas quedaron en los pasillos y en los recreos.

Cuando terminó, se levantó y se acomodó el calzoncillo y el pantalón. La miró de reojo y le dijo: “Vamos, te acompaño al paradero. Ya sabes, esto queda entre tú y yo”.

***

Lo único que recuerda con claridad del trayecto en taxi es que le preocupaba manchar el asiento y que el taxista se diera cuenta. Recuerda que en algún momento puso la mochila debajo de sus faldas y se sentó en ella. El dolor, el ardor, las piernas manchadas y pegajosas. La sangre y el semen. Eso era todo lo que le quedaba del juego. Ilusa. Había perdido.

Octubre 2016

Un comentario en “Despeinada (variación; extendida)

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