Cuando pierdo mis llaves

Esa tarde, en la biblioteca, había perdido mis llaves. Bueno, no las había perdido, pero no las encontraba. Estaban en el bolsillo de mi casaca y yo las buscaba desesperadamente en la mochila, en la cartera, en la mesa, en el mostrador, en el suelo y bajo todas las sillas de la sala de lectura. Por estar haciendo bulla me botaron del lugar y por salir avergonzada y aturdida, olvidé la casaca y con ella, las llaves. 

Cuando nos conocimos, yo deambulaba un poco desorientada entre el jardín del edificio y los baños, ¿recuerdas? Pensaba que a lo mejor las llaves se me habían caído por ahí. Tú estuviste observándome (luego lo has confesado) largo rato antes de acercarte. Lo entiendo. Debo haberte parecido un poco loca moviendo las hojas de los geranios y metiendo los dedos entre los troncos de las buganvillas. 

Recuerdo que en un inicio no me atreví a decirte que buscaba mis llaves. No fueras a ser tú un loco de esos que abundan y las encontrabas y luego entrabas a mi casa una noche en que yo despreocupada tomaba un vino en la sala mientras veía algún musical y, bueno. Imagínate. Cuántas cosas podrían pasar. Por eso te dije que buscaba mi lapicero, lo que te debe haber sonado realmente absurdo. Después de titubear unos segundos, buscaste en el fondo de tu morral y me ofreciste uno. Verde. En ese momento me enamoré de ti. Quien tenga un lapicero verde en su morral, logra todo mi amor.

Recibí el lapicero algo indecisa. No por quedármelo. Eso estaba dado por descontado. Tengo una debilidad por los lapiceros verdes. Más aún si son regalados. Lo que dudé unos segundos fue contarte o no que lo que andaba buscando eran mis llaves. Pero mis dudas se disiparon cuando sonreíste y me dijiste que podía conservarlo. Al lapicero. Pero que, si quería devolvértelo en algún momento, podríamos aprovechar y tomar un café.

Ahí empecé a reír y llorar al mismo tiempo. Te dije que eran mis llaves las perdidas. Y que sin ellas no podría entrar a casa porque a esas horas ya no conseguiría un cerrajero para que me abriera la puerta. Y ese fue el inicio de nuestra perdición, porque ofreciste que pasara la noche en tu casa. No, dijiste en mi cama. Y al instante te corregiste y dijiste en mi casa, en mi casa. Dos veces y sin mirarme. Me alegra que no lo hicieras porque yo me había puesto tan roja como la nariz de los payasos y estaba híper ventilando.

Caminamos largo rato por la avenida. Yo, decidiendo si decirte que sí. Tú, intentando no volver a preguntarlo. Fue en una intersección en que, sin mirar el semáforo, estaba a punto de poner el pie en la pista cuando me detuviste, sujetándome de las caderas. Creo que me aturdió más sentir el calor de tus manos a través de la ropa, que notar que un carro podría haberme atropellado. Me sonreíste y, en ese momento, te animaste. Vamos a mi cama, dijiste sin más rodeos. Vamos, contesté.

Abril 2020

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