Amantes (inconcluso)

Sentada en el rincón de un café, en una mesa junto a la ventana que da a una pequeña calle lateral, piensa en lo que pasó aquella tarde. No está segura si fue real o lo soñó. Todo sucedió demasiado de prisa y no logra siquiera identificar cómo empezó. Qué hizo que llegaran a ese punto. Toda historia siempre tiene un inicio, pero en este caso ella no logra ubicar cuál. ¿Dónde fue? ¿Cómo?

A un lado, la mesera espera impaciente para tomarle el pedido. Con un gesto de la mano y un movimiento casi imperceptible de los labios, pide un café. La mesera lamenta no haber confiado en sus instintos: esa mujer se sienta en esa misma mesa cada martes por la mañana y pide un único café mientras espera que él llegue. Llega caminando, acalorada. La mesera cree que justamente es por eso que llega con tanta anticipación, porque necesita el tiempo para desacelerarse. Esa palabra no se le ocurrió a ella, sino a Esteban, su novio, a quien cada martes le cuenta sobre el encuentro de los amantes (pues está segura que lo son).

Obvio lo son, ¿no crees?, le dijo a Esteban la tercera o cuarta vez que los vio. Solo aparecen por ahí, se miran como si no existiera más gente en el lugar, se piden un café, conversan, se ríen y luego se van. ¿Juntos? Le había preguntado Esteban. ¿Se van juntos? ¿En el carro de él? No, había tenido que admitir ella. Se van en direcciones opuestas, pero es para despistar, estoy segura que en la esquina de atrás él la recoge y luego se van a la casa de alguno a coger. Pero Esteban le había dicho que no, no eran amantes porque cogían. Bastaba el café. Era amantes de café, había dicho. Eso no existe, había replicado ella. O se coge o no son amantes. Lo del café solo, no funciona. Sí, había insistido Esteban, son amantes de café. Le había gustado la imagen. Ya veía una novela con ese título. Tal vez sería su próximo gran trabajo. Por eso esperaba ansioso a que cada martes Amanda le contara sobre la pareja. Así alimentaba sus fantasías y su historia.

Amanda era aún joven. Trabajaba en la cafetería para ayudarse con los gastos de la universidad. Él en cambio ya había vivido suficiente para saber que sí existen los amantes de café. La primera mujer que amó, cuando joven, fue eso. Pero claro, había sido una mujer casada que nunca se animó a cruzar los límites de la carne. Había adorado a esa mujer. De hecho, en ciertas noches frías de julio sentía que la seguía amando.

Amar a Lucía había sido un tormento, un delirio. Se habían conocido en la fila de un pequeño cineclub en el que pasaban películas rusas. Habían coincidido en butacas contiguas y al terminar la película, se habían quedado sentados, incapaces de moverse, hasta que el encargado les había pedido que salieran para limpiar. El fresco de la noche los había sorprendido y, como seguían juntos y solos en la calle, se habían saludado con cierta timidez. Él había dicho “tremenda película, ¿no?” e inmediatamente se había sentido un imbécil por decirlo. Ella no había ayudado pues solo le había hecho una leve inclinación de cabeza y había echado a andar. Esteban tenía 20 años y estudiaba economía por presión familiar, pero lo que en realidad quería era dedicarse a la literatura. A escribir. Al verla caminar por la calle solitaria en esa fría noche de julio, Esteban supo dos cosas: amaba a Lucía; y su primera novela tendría la escena de una mujer que se aleja del amado caminando sola, por una calle poco iluminada, una fría noche de julio. Tenía ella el color de la canela y un silencio amable la rodeaba como una nube. Esteban se consoló esa noche con la idea de que quizá ella era muda, lo cual habría sido hermoso. Pero, aunque no lo era, ciertamente no hablaba mucho. A diferencia de Amanda, que era un torbellino tanto en la cama como en la conversación. Y eso era bueno ahora para Esteban, pues sus historias del café alimentaban sus novelas. O sus proyectos de novelas, pues no estaba logrando escribir nada.

¿Escribirás sobre ellos?, había preguntado Amanda, al tercer o cuarto martes en que le contó sobre la pareja, la noche en que él los bautizó como los amantes de café. Por supuesto, había respondido él, pero habían pasado ya varios meses y no lograba darle forma a esa historia. Quizá porque había algo en esos amantes que le recordaba demasiado a su historia juvenil con Lucía. Y sobre Lucía nunca había escrito, aunque solo él sabía que, en cada cosa que llevaba escrita en su vida desde los 20 años, siempre estaba ella presente.

Amanda le había contado a su compañera Irene sobre Esteban. Le había dicho que su novio era un escritor famoso, aunque solo tuviera publicada una novela que realmente había sido un éxito en su momento. Y varios libros de cuentos que pocos habían leído porque eran demasiado densos e ininteligibles. Irene, que lo había intentado, se burlaba de Amanda. Vamos, tuvo suerte de principiante con esa novela, pero lo que escribe es duro, seco e intragable. Como una galleta de agua, le había dicho. Y ahora te tiene meses con el cuento de los amantes, ¿no? ¿Acaso quieres escribir tú esa historia? Tampoco a ti te veo muy productiva con el famoso guión que te hará rica y te sacará de este café de mierda, replicaba Amanda.

Irene estudiaba cine en una escuela alternativa y pensaba escribir el guión de la película que arrasaría con todos los premios. Con cualquier premio. La película de la que no se dejaría de hablar en décadas. Pero tampoco ella lograba darle forma a la historia sobre la que escribiría ese guión. También ella tenía un amante mucho mayor. Un sociólogo con el que follaba como jamás lo había hecho con ningún compañero del colegio o la universidad. Estaba claro que los chicos no sabían coger a una mujer fuerte. Para eso había que buscarse a un hombre mayor. Y Aitor sabía y gustaba de follar, por eso su relación funcionaba de un modo perfecto. Ella trabajaba en la cafetería e iba a sus clases en la escuela de cine. Él dictaba en la universidad local y hacía estudios que lo sacaban de la ciudad con cierta frecuencia. Cuando se reencontraban, se encerraban días en el departamento de él y cogían, comían, bebían y dormían. En un ciclo sin fin. Hasta que tenían que volver a sus trabajos para evitar que los despidieran. Irene quería escribir el guión de una relación muy intensa entre dos personas, que incluiría mucho sexo. La relación con Aitor le daba mucho material. Pero la historia de los amantes de café, en la versión imaginada por Esteban, la seducía. ¿Era posible amarse en una cafetería, alrededor de una conversación y algunas risas, sin echarse a correr por las calles buscando una cama o un sofá o cualquier rincón, para coger desenfrenadamente? Y si acaso eso fuera posible, ¿qué tan intenso podía ser ese vínculo, para suplir el deseo por la piel y los olores del otro? Irene sabía que en su guión se había colado una nueva historia. Quizá sería, finalmente, sobre las relaciones de dos parejas, en paralelo. (…)

Diciembre 2019

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