Volar

La carretera central es caótica. Sucia, desordenada, fea, polvorienta. Peligrosa. Pero por encima de todo, caótica. Trailers, camiones viejos, buses, custers y combis destartaladas, motos y mototaxis, carretillas, bicicletas, carros y camionetas. Familias enteras desplazándose hacia el campo. Buscando el sol que la ciudad les niega. Buscando el verde y la montaña. Ansiosos por las hilachas de agua que corren por el río.

Pocas veces usa esa carretera. No hay un destino que la convoque. Pero cuando la usa, invariablemente llega un punto en que el corazón se acelera. Se acerca a un lugar lleno de recuerdos de antaño. A cierta distancia, unos cientos de metros, vislumbra el cerco verde que bordea ese pequeño oasis entre las montañas en que habitó parte de su niñez. Si está de copiloto se da la licencia de ir girando el cuerpo mientras pasa a su lado, hasta quedar casi volteada, permitiendo que su mirada trate de capturar todo, lo que sea, cualquier cosa, que siempre es poco porque el cerco no la deja ver.

Hace poco le dijeron que todo había cambiado, que si entraba no lo reconocería más. Y que era mejor no entrara pues si lo hacía, todos sus recuerdos de infancia se harían pedazos. Que lo que recordaba como pequeñas lomas verdes por las que se lanzaba rodando, no eran sino montículos, ahora llenos de tierra. Los grandes árboles a los que atrevidamente se trepaban hermanos y primas, ya no existen. Le dijeron que las pequeñas casas de paredes blancas, pisos de piedra y techos de madera, son hoy horrorosos edificios multifamiliares que chocan unos contra otros, pared contra pared. Que los caminos laberínticos por donde iban de casa de la abuela a casa de las primas en las noches, presintiendo luciérnagas bajo el cielo estrellado, los han clausurado con rejas.

No ha vuelto al lugar, pero tiene muchos recuerdos. La abuela en el centro de casi todos ellos. La música que escuchaba en las noches antes de dormir, el desayuno de tostadas con mantequilla y café con leche. Tiene recuerdos del padre y los tíos riendo a carcajadas por bromas que ella, pequeña, no entendía. Recuerda que envidiaba a las primas porque tenían su propia casa allí y no tenían que esperar a los fines de semana para ir de visita. Tiene recuerdos de juegos de niños, mientras los padres plácidamente tomaban la siesta de la tarde.

Recuerda también que no era valiente. No se atrevía a subir a los árboles. Se quedaba debajo, alentando. Una vez, alguien logró descolgar una palta que aún no estaba madura. El fruto duro le cayó en la cara. Recuerda el dolor. Pero los grandes dijeron que no podía avisar a mamá o a papá porque no los dejarían volver a subir a ese árbol. Tendría que decir, en caso le saliera un moretón, que fue tan torpe que ella misma se golpeó contra un árbol jugando a las escondidas o a las chapadas.

Pero, entre todos, hay un recuerdo en particular que atesora.

Es de mañana, la luz del sol es cálida. Un estacionamiento. Unas pequeñas bicicletas. Los tíos y los hermanos y las primas. Buena parte de la familia. Las risas, las bromas. El juego. El disfrute. Ella aún anda en bicicleta con rueditas. No se anima a pasar a la de los grandes, teme perder el equilibrio. Esa mañana la alientan. Hay primas y primos más pequeños que reclaman el derecho a las bicicletas de 4 llantas. Debe pasar la posta.

Su padre la acomoda en la bicicleta grande. Pedalea, le dice. Pedalea más rápido, la anima, mientras avanza a su lado, sosteniendo con una mano el timón y con la otra el asiento. A ella le cuesta mirar de frente porque quiere asegurarse que el padre sigue sosteniéndola. Quiere ver su mano en el timón, la certeza de que está ahí. Poco a poco, toma velocidad. El padre sonríe y alienta. Suelta el timón, pero aún corre al lado con una mano apenas posándose en el asiento de la bicicleta.

Ella, excitada y asustada a partes iguales, logra mantener el equilibrio. La bicicleta avanza en línea recta, más rápido. Siente el calor en las mejillas, pero al poco, siente el viento fresco que le acaricia la cara. Está manejando la bicicleta de los grandes sin ayuda. El padre la ha soltado.

En su recuerdo, su padre sonríe como saben hacerlo los padres cuando las hijas levantan vuelo. 

Ella sonríe también. Ha empezado a volar.

Diciembre 2019

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