Tres que caminan por el parque

Sus manitas son suaves y están tibias. Él las sostiene tiernamente. La mayor lo sujeta firme. Los dedos de la menor con las justas llegan al dorso de su mano, de lo chiquitos que son. Caminan los tres pegados, el camino es estrecho. La menor ha preguntado si no pueden ir por el jardín y, antes que él pueda decir algo, la mayor ha señalado el letrero que dice prohibido pisar. La menor insiste, no sabe leer, el letrero no le dice nada. La mayor dice no, no se puede, ¿no ves que ahí dice que no se puede? La menor se queja, hace un puchero, mira al padre. ¿No podemos, papá? La menor se detiene. Jala la mano del padre. El padre también se detiene. Jala la mano de la mayor. Parecen una soga en tensión, con nudos que le dan firmeza. La menor mira al padre, expectante. La mayor mira al padre, desafiante. El padre mira el letrero. También él se pregunta, ¿por qué no se puede caminar por el jardín? De donde él viene, los jardines están para invadirlos, para inundarlos, para disfrutarlos. Sus recuerdos de infancia, adolescencia y juventud están colmados de grama. De juegos con la pelota. De pantalones con las rodillas y fundillos verdes de tanto tirarse. De charlas entre amigos. De ramitas pegadas en las chompas, enredadas en el cabello de las chicas a las que amaba entre mates y libros. De frescor. De humedad. De verdor. El padre regresa de sus recuerdos. La mayor lo está jalando para avanzar, la menor lo retiene para quedarse. Parece una soga que es tensada por sus extremos. El padre las atrae a su centro. Jala con delicadeza pero sin vacilación. Clava una rodilla en el suelo y une a las hijas en su pecho. Uno no siempre puede hacer lo que quiere, dice con suavidad mirando a los ojos a la menor, pero, tiene el derecho y el deber de preguntarse siempre por qué no se puede, dice pausadamente buscando la mirada esquiva de la mayor. Las dos hijas lo miran. La mayor reflexiona. Sabe que el letrero no es suficiente respuesta. Porque el gras puede estar sucio, quizá un perro ha hecho ahí sus cosas, contesta. El padre sonríe. Es justo. Mira a la menor y le dice, ¿te gustaría jugar en un jardín que tenga la caca de los perros? No, contesta segura la menor. El padre sonríe. Es justo. El padre se pone de pie. Empieza a andar. Al cabo de unos pocos pasos, recuerda los juegos de pelota con su padre y su hermano, cuando chicos. La imagen es tan similar y tan diferente. Nosotros nos ensuciábamos, piensa. Y luego llegábamos a casa y nos dábamos un buen baño. La ropa sucia al tacho. Se detiene. Hinca una rodilla en el suelo. Atrae nuevamente a sus hijas hacia su cuerpo. Ellas lo miran. Él pregunta: ¿pero, podríamos resolverlo? La mayor reflexiona. Podemos mirar con cuidado que no haya cacas, dice. La menor agrega, sí, sí, miramos dónde pisamos. El padre sonríe. Se amalgama la nostalgia por sus recuerdos de infancia, por su padre que ya no está, por su hermano a quien no ve hasta tanto, con la dicha del momento. Lo invade la calidez que proviene de su historia y de las manitas de sus hijas, protegidas en sus propias manos. Mira a la menor. Mira a la mayor. Mira el letrero que quedó atrás. Mira el parque que tienen por delante. Estira una pierna, mientras jala suavemente a sus dos hijas hacia el pasto. Sonríe.

Junio 2020

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