Tomás

Vivir es una mierda. Pero una mierda de verdad. ¿Por qué? Porque no importa qué tan mal estén las cosas, siempre se pueden poner peor. Me tomó años superar esa tarde, aceptar que no fue mi culpa, que solo estuve en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Tengo casi 40 y nunca quise tener hijos, pero, ¿quién podría culparme? No era más que una chiquilla cuando mi novio y yo atropellamos a un mocoso, a un bebé prácticamente. El crío ni siquiera caminaba bien, pero se le escapó a la madre y alcanzó la pista, persiguiendo quién sabe qué. Se atravesó de la nada y Mario no logró frenar. Tuve pesadillas durante años con el sonido que hizo el carro al golpear su cuerpito. Y el sonido del cuerpito al dar contra el asfalto. Y el silencio que vino después. Y los gritos del padre. Y los alaridos de la madre. Tuve que tomar pastillas para dormir, porque me aterraban las pesadillas. Y luego tuve que tomar pastillas para calmarme cuando estaba despierta. Porque no podía olvidar. No podía olvidar que habíamos matado a un niño de un año. Mario fue a la cárcel porque no tenía licencia de conducir. Estuvo 6 años adentro. Cuando salió, intentamos estar juntos, pero lo que nos unía era un recuerdo demasiado doloroso y no pudimos seguir. Él se fue a vivir con una tía en un pueblo olvidado de la costa, en el norte del país. Me cuentan que se dedicó a la pesca. Y que nunca se volvió a subir a un carro. Me dijeron, también, que no ha tenido hijos. Yo pasé por muchas terapias. Por épocas parecía mejorar, mis viejos se alegraban, pero luego recaía. Bastaba que viera un comercial donde aparecieran bebes para que me fuera a la mierda. O una madre con su nene. O un niño jugando a la pelota en un parque. Algunas fechas especiales eran un infierno. No podía con la navidad ni con el día de la madre. Fue justamente en uno de esos días, que hubo un punto de quiebre en mi “drama personal”. Tendría unos 28 años y aún vivía con mis padres. Ellos habían salido a misa, cuando sonó el timbre de la puerta. Estaba dispuesta a dejarlo sonar, pero me perturbaba demasiado el pitido. Abrí. Y allí, del otro lado, se encontraba el padre del crío. Habían pasado más de 10 años desde el accidente, pero lo recordaba perfectamente bien. Estaba envejecido, flaco, canoso. Un hombre que debía ser aún relativamente joven, pero parecía un anciano. Me pidió pasar. Me dijo que debía hablar conmigo. Lo dejé entrar y le señalé un sillón en la sala. No podía articular una palabra. El hombre me dijo que acababa de volver del norte. Había viajado a buscar a Mario. Sentí un frío recorrer mi espalda cuando mencionó su nombre. Casi pude sentir en mi cuerpo el golpe seco del carro contra el cuerpito de su hijo. El hombre debió darse cuenta, porque se apresuró en hablar: La tarde en que murió Tomás, mi vida se paralizó. Y luego, poco a poco, se empezó a podrir. Odiaba al mundo, odiaba a mi mujer, los odiaba a ustedes, a Mario y a ti. El odio me daba una fuerza animal, pero no me dejó ver cómo todo se iba desmoronando. Mi familia, mis amigos, mi trabajo, lo perdí todo. Hace dos años estuve en un accidente de carretera. Bajo los fierros retorcidos de un asiento, una mujer había logrado cubrir con su cuerpo, a su hijo, un bebé de pocos meses. Al principio el horror me paralizó, pero el llanto del bebé me hizo reaccionar y pude ayudarlos a salir. Tuve que cargar a la madre, porque tenía las piernas rotas, pero logré sacarlos. Logré salvarlos. La tarde en que murió Tomás, no logré alcanzarlo antes que llegara a la pista. Mario no logró frenar a tiempo. Me ha costado mucho aceptarlo, pero fue un accidente. Nadie tuvo la culpa. El padre dijo todo eso, o algo parecido, sin dejar de mirarme directo a los ojos. Luego se paró y caminó hasta la puerta. Al pasar a mi lado, puso su mano en mi hombro. Tienes que seguir con tu vida, me dijo. Y se fue. Me tomó otros varios años convencerme de que lo que había dicho esa mañana de un día de la madre, era cierto y justo. Fue un accidente. Pude seguir con mi vida, incluso alguna vez le mandé un email a Mario. Salí con gente, logré avanzar en el trabajo, viajé un poco. Y un día, una tarde como cualquiera otra, en la panadería de la esquina donde se reúnen las viejas a chismear, escuché una noticia que me heló la sangre. Elena, la hermana de Tomás, la pequeña chiquilla que tenía no más de 3 años el día del accidente, se había suicidado. Pero lo dramático no era eso, lo dramático es que se suicidó porque nunca pudo superar la muerte de su hermano. Porque se sentía culpable. Según las viejas, la pobre chica recordaba (o creía recordar) que ese día, ella había pellizcado al hermanito porque estaba celosa. Y siempre “supo” (o creyó) que por eso el pequeño había corrido, como corren los críos cuando recién están aprendiendo, como porfiados, hasta llegar a la pista. A esa pista por la que Mario y yo pasábamos esa triste tarde. Tengo el vago recuerdo de una niña pequeña, caminando asustada detrás de la madre que gritaba como loca mientras se acercaba a la pista, mientras se arrancaba los cabellos, mientras veía algo que yo, aún en el asiento del copiloto, no había visto. No sé si la nena lo vio, al hermanito muerto. Solo puedo imaginar que, aunque sea de otra manera, ella también vivió atormentada toda su vida con esos recuerdos. Esa tarde no pude acercarme a preguntar nada a las viejas de la panadería, estaba demasiado conmovida. Pero luego hablé con mi madre, que algo sabía. Me confirmó que Elena quedó muy mal. Su infancia fue triste, los padres se culparon mutuamente, pelearon y se separaron después de la muerte de Tomás. Imagino que de eso también se sintió culpable siempre, la pobre criatura. Esa noticia me devastó, aunque de una nueva manera. Empecé a sentirme tan egoísta, tan centrada en mi. Yo, que me había colocado en el centro del universo de mi propio “drama personal”, era tan ajena a la tragedia, tan lejana a esa familia que se había destruido en una milésima de segundo, en lo que tarda una en distraerse y soltar la mano del hijo que llega a la pista y muere. Nuevamente, me fui a la mierda. Y un tiempo después, otra vez volví a levantar cabeza, porque claro, auto compadecerme era seguir con el mismo juego, seguirme poniendo en el centro de todo. Traté de dejar, poco a poco, las pastillas para dormir. Y las pastillas para vivir. Pero, recuerden, dije que la vida es una mierda, porque siempre algo puede ponerse peor. Y aquí me tienen, en este círculo para adictos, contándoles mi historia. Porque otra vez he recaído. Y ya no sé si pueda salir de esto. Hace una semana, encontré a la madre de Tomás. Cuando la vi, quise salir corriendo. Pero ella no me reconoció. Pensé, pobre mujer, primero un hijo, luego una hija, ¿qué más podría quitarle la vida? Sin pretenderlo, escuché su conversación con la peluquera. La mujer le hablaba de Elena, le decía que recordaba la vez que le había recortado el cabello para su primer día de nido. Sentí que se me estrujaba el corazón, el recuerdo fugaz de Elena, de 3 años, asustada y lloriqueando en el borde de la acera. Esperé escuchar a la madre, anticipaba su voz entrecortada recordando a la hija, casi rogaba por escucharla decir, como al padre hace unos años, que todo había sido un terrible accidente, que nadie era culpable. Egoístamente, esperaba una nueva absolución. Pero cuando habló, con una voz fría, terrible, solo dijo: A Tomás me lo arrebató un pellizcón, un marido indolente y dos adolescentes irresponsables. Siento pena por esa mujer, incapaz de procesar su dolor, una mujer que necesita culpar a todos, hasta a su hija de 3 años. Pero también siento rabia porque estoy segura que culpó a Elena toda su vida. No imagino el infierno que habrá vivido la pequeña, la pelea de los padres, las acusaciones de la madre, las culpas, los miedos, la soledad. Y siento pena y rabia por mi, por mi auto conmiseración y mi incapacidad de vivir más allá de esta historia. Como les dije, la vida es una buena mierda. Pero, me corrijo, mi vida es una buena mierda.

Septiembre 2017

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