Silencio de radio (inconcluso)

Llevaba ya varios días de actividad febril. Lo mismo podía empezar a trabajar en sus documentos a las 5 de la mañana, como acostarse a la misma hora luego de revisiones y re escrituras interminables. Las reuniones también se sucedían en horarios inverosímiles. A quién podía ocurrírsele que el equipo estadía disponible un viernes a las 10 de la noche para discutir la norma más importante del proyecto. Al principio, la adrenalina la mantenía despierta y activa de día y de noche, pero poco a poco se fue agotando. La empezó a invadir no sólo el cansancio sino el desasosiego. El trabajo no terminaría nunca, las reuniones seguirían multiplicándose, los documentos por revisar, creciendo y ramificándose como en un organismo enfermo, las complicaciones y las oposiciones seguirían siendo más feroces.


No sólo ella, todo el equipo, progresiva y exponencialmente, se sentía más irritado. Estaban todos extenuados pero no podían detenerse. Y eso hacía la frustración colectiva más peligrosa. Un sábado, luego de largos debates con respecto a ciertos puntos de vista en tensión, la jefa anunció que, aunque se cayera el mundo, no quería recibir un solo mensaje hasta el lunes al mediodía. Pedía a los equipos que, apenas se desconectaran de la reunión, se olvidaran del trabajo. No era mucho, lo sabía y se disculpaba, pero, ofrecía y exigía 40 horas de tregua. Ni una coma, ni una tilde. Hasta el lunes al mediodía, silencio de radio.


Alana se quitó los auriculares y dejo el teléfono en la mesa de luz. Salió de la habitación y caminó por la terraza. Pensó que no había estirado las piernas ni la espalda en unas 6 horas. Tenía los músculos agarrotados, pero todavía estaba sobre excitada. Bajó, por las escaleras de madera, a la cocina. Todo el piso estaba a oscuras. Tanteó las paredes hasta dar con el interruptor y, al presionarlo, la bombilla del techo la cegó. Pulsó de nuevo para apagar la luz y buscó, en un rincón de la sala, la lámpara de pie. La encendió y la cálida luz amarilla fue más amable. Buscó en el refrigerador un pedazo de queso y las aceitunas negras del mercado. Sacó, del viejo aparador de la abuela, una botella de vino y la copa. Descorchó la botella, se sirvió y empezó a preparar, en un plato, todo lo que quería comer. Se dio cuenta en ese momento de lo hambrienta que estaba. No recordaba si había almorzado ese día. Puso el queso y las aceitunas. Lavó unas uvas y unas fresas y picó un pedazo de sandía. Cortó unas rajas de pan y colocó, a su lado, unas pecanas y unas frutas deshidratadas. Acomodó todo en una bandeja, se puso la botella de vino bajo el brazo, apagó la luz y subió nuevamente a su terraza. No eran aún las 8:30. Sentada en un incómodo sillón de madera, sobre una manta a modo de cojín, bebió el vino y comió todo lo que traía en la bandeja. Fumó dos cigarros y se levantó para ir a dormir. En todo ese tiempo, no miró ni una vez el teléfono celular. No sabía qué hora era y no quería saberlo. Se sentía muy cansada. Esa era toda la información que necesitaba.


Los golpes la despertaron alrededor de las 3 de la mañana. Al principio no sabía qué era. Tampoco tenía idea de la hora. Estiró el brazo hasta encontrar el teléfono y lo encendió. Las 3:04. Desconcertada, se levantó y miró por la ventana de su habitación. Todo estaba oscuro afuera. Veía solo la silueta de la gran palmera y del sillón donde solía sentarse. Los golpes venían de distintas direcciones. Desde el techo. Desde la mesa, en un rincón de la terraza. Desde la palmera. De pronto, un aullido atravesó la noche y los golpes se hicieron más fuertes. Ahí se dio cuenta. Era el viento. No era más que el viento. Movía las ramas de los árboles y, lo entendió luego, había volteado la botella de vino que dejó sobre la mesa antes de acostarse. La hacía rodar, golpeando un plato y la bandeja, produciendo ese ruido rítmico y constante. Sabía que sobre el techo habían algunas maderas que no se habían usado en la refacción de la casa y, sin duda era eso lo que golpeaba desde allí, un golpe seco, pesado.


Sintió ganas de ir al baño, pero eso suponía salir de la habitación y caminar unos cuantos pasos hasta el cuarto de baño. Decidió evitarlo. Volvió a la cama pero, al cabo de un rato, se dio cuenta que lo mejor sería enfrentar ese trance de una vez. Se levantó, se cubrió los hombros con una manta pequeña y abrió la puerta. El golpe de frío en la cara y en los pies descalzos la atenazó de un extremo a otro. El viento la obligó a cerrar los ojos. Estaba impresionada. Nunca había sentido vientos así en su ciudad. Rugían y levantaban todo a su paso. Luego de un segundo de sorpresa, corrió al baño y cerró la puerta. Desde allí, podía escuchar nuevos sonidos. Y por sobre todos ellos, el viento circulando velozmente, golpeando y circundando todo, silbando y rugiendo tan intensamente, que parecía que rompería las barreras que le ponían árboles o paredes y que atravesaría todo a su paso. Alana sintió algo de temor. Estaba sola y, por unos momentos, se sintió en riesgo. No era una mujer cobarde y estaba acostumbrada a estar sola, pero, tenía respeto y cierto temor a la fuerza de la naturaleza. La había conocido en excursiones por las montañas y había quedado, alguna vez, varada en un temporal en una comunidad aislada, pero nunca la había sentido tan intensa en plena ciudad.


De regreso en la habitación, aseguró los pestillos de las ventanas y se metió en la cama. Puso una manta adicional porque se había enfriado al salir. Recogió las piernas y las acercó, todo lo que pudo, al pecho. Exhaló aire tibio sobre sus manos una y otra vez hasta darse calor. Escuchó, atenta y expectante, el concierto de variados sonidos a su alrededor. Los golpes del techo eran fuertes, la botella sobre la mesa hacía un sonido irritante, las hojas de las palmeras eran, casi, agradables. Y, los silbidos del viento, fascinantes. Alana no lograba dormir. Miró la hora. Las 3:29. No podía creer que, teniendo una noche libre de tareas, no pudiera dormirla de corrido para recuperarse un poco de esas semanas desquiciantes. Dio varias vueltas en la cama, rumiando su mala suerte. Al cabo de un rato, decidió leer. Tomó un libro que había empezado hacía unas semanas y lo abrió en la página que el marcador señalaba. Empezó a leer pero, no recordaba nada. Se dio cuenta que esa historia había sido borrada de su memoria. Tendría que empezarla de nuevo. En ese momento sintió cansancio. No tenía tanta energía como para eso. Soltó el libro sobre sus piernas, giró el cuerpo sobre un costado y, poco a poco, se fue quedando dormida.

Una sensación de tibieza sobre los pies la fue sacando del sueño. Era agradable. Cálida, como de ondas que calentaran sin quemar. Sintió la claridad del día antes de abrir los ojos. Estaba amaneciendo y sería, sin duda, un día de sol. Alana notó que las mantas se habían corrido hacia un lado y las piernas quedaban al descubierto, en un borde de la cama. El sol que entraba por entre los paños de las cortinas les daba de lleno. Alana deseó no tener que levantarse, poder quedarse allí el día entero, disfrutando la calma de la mañana. Pero también deseaba disfrutar ese día único que su jefa, seguramente llevada al extremo de su propia resistencia, les había regalado. De un salto, se levantó. Estiró el cuerpo, poco a poco. El cuello, los hombros y los brazos, primero. Arqueó el tronco hacía atrás, haciendo presión sobre la parte baja de la espalda. Luego se inclinó hacia delante, tirando los brazos en paralelo a las piernas, la cabeza hundida en el pecho, los dedos de las manos rozando sus pies. Se quedó allí aguantando todo lo posible. Se irguió, al cabo de unos segundos. Alana sonreía.


El día ofrecía demasiadas posibilidades y Alana no sabía por dónde empezar. Era una niña en el medio de una tienda de juguetes, pensó. Luego se dio cuenta que el símil no se aplicaba en su caso. Lo justo hubiera sido decir que era una niña en medio de una tienda de instrumentos musicales. Extasiada con todos, no sabía cuál escoger, con cuál empezar. Para demorar la decisión, pensó en darse un baño y desayunar, pero en ese instante, por un resquicio del marco roto de la ventana del baño, vio el mar. No lo dudó. Sabía por dónde empezar a abrazar al día. Volvió al cuarto, se puso las primeras dos piezas que encontró en el cajón, aunque no combinaban y un buzo. El día estaba soleado, pero era junio. El mar estaría muy frío, seguramente. Bajó trotando hasta la playa. Llevaba un bolso pequeño cruzado en la espalda, con una toalla, las llaves de casa, unas manzanas y un libro. Uno nuevo. Pequeño. De esos que ella podía, si se enganchaba, leer de corrido en una mañana o una tarde. Al llegar a la arena se quitó las zapatillas y las tiró sobre el bolso, en la arena. Sin pensarlo dos veces, se quitó el buzo y corrió hacia la orilla. Sin detenerse ni dudarlo, se lanzó al mar.


En los primeros segundos, el golpe de frío fue tan intenso que la piel se le electrizó y el corazón pareció detenerse. Los dientes castañeaban si no se esforzaba por apretarlos. La tentación de volver a la arena y cubrirse con la toalla era casi irresistible pero ella sabía que, si cedía, le tomaría más tiempo aún volver en calor. Así que empezó a nadar. Al principio muy des coordinada, pues el frío no la dejaba concentrarse, pero poco a poco fue relajando los músculos tensos y los brazos y piernas encontraron su ritmo. Su piel fue percibiendo cada vez más el calor de los rayos del sol, su cuerpo se fue acostumbrado a la temperatura del mar. Cada cierto trecho, se zambullía y trataba de mantenerse bajo la superficie. Estaba nadando en paralelo a la costa, dando la espalda al lugar donde dejó sus cosas, despreocupada. La playa había estado totalmente desierta cuando llegó. Pero el ladrido de un perro la hizo voltear y vio a un hombre caminando por la arena. Llevaba una mochila colgada de un hombro y una tabla bajo el brazo. El perro corría a su lado. Alana decidió volver hacia sus cosas. Por un instante, temió que se las robaran.

El hombre dejó su mochila y sus sandalias al lado del bolso de Alana. Como si fueran parte del mismo grupo. Alana lo vio hacer algunos estiramientos antes de entrar al agua. Tenía un cuerpo firme y bronceado. No podía distinguir sus facciones por la distancia y porque tenía el sol en contra, pero lo intuyó atractivo. Sin ir lejos, ya le resultaba atractivo saber que bajaba al mar en una mañana fresca de junio. Cuando salió del agua, el perro del hombre se le acercó, moviendo la cola. Era un perro negro de pelaje brillante. Se notaba bien cuidado. Alana sintió en ese momento que el hombre, al que ya no veía entre las olas, la atraía más. Se acercó a su bolso, sacó la toalla y la extendió en la arena. Se echó sobre ella boca abajo y descansó. Luego de unos minutos se volteó, se sentó y empezó a comer una manzana, mirando el horizonte. El hombre estaba lejos, corría algunas olas pero, sobretodo, se mantenía sentado sobre su tabla, mirando también el horizonte. Ella sacó su libro y empezó a leerlo. Al cabo de unas páginas, la historia la había atrapado. Sus pies enterrados en la arena, su piel calentándose bajo los rayos de un inesperado sol de junio, su mente perdida entre las calles de Edimburgo, en el día más frío de la historia. De esa historia. Alana flotaba.


Unas gotas de agua salpicaron sobre sus piernas. El perro del hombre venía corriendo de la orilla, sacudiéndose, excitado. El hombre venía detrás. Caminaba despacio. Miraba a Alana. Ella sintió un escalofrío en la espalda. Se había ensimismado tanto en la lectura que no se había percatado ni del paso del tiempo ni de la salida del hombre del agua. Y ya era muy tarde para salir corriendo. Él estaba, prácticamente, delante de ella. Alto, delgado, moreno. El cabello oscuro y largo chorreaba agua. Los ojos de almendra la miraban detenidamente. Más descarado que ella, la había recorrido con la mirada, desde la coronilla hasta la punta de los dedos de los pies, que asomaban bajo la arena. ¿Me pasas la toalla?, le dijo. Alana se desconcertó por un segundo. Pensó que se refería a su propia toalla. Está en la mochila, continuó él. Alana abrió la mochila y rebuscó entre algunas cosas hasta sentir la tela esponjosa de la toalla. Se la pasó, sin decir nada. El sacudió la cabeza dispersando cientos de pequeñas gotas de agua salada por todas partes, antes de frotarse la cara con la toalla. Ella, salpicada, se paró a su lado. ¿Te quedarás aún un rato?, le preguntó al hombre. Él sonrió, por toda respuesta. Ella caminó hacia el mar, sintiendo su mirada recorriéndola otra vez. Sintió ganas de correr. Temía incendiarse, si no alcanzaba rápidamente el agua.


Alana se sumerge en el agua. Necesita aplacar el fuego que le ha encendido el hombre. Ha sentido su mirada, como si fuera una lengua ardiente, subirle por las piernas y relamerle la cola. La ha sentido en la nuca y en los hombros y le ha cosquilleado la espalda. El calor se le ha colado entre las piernas y le ha subido por el pecho. Alana, sumergida en el agua helada, hierve. Cuando sale a la superficie, queda de espaldas a la orilla. Teme voltear. Teme verlo, mirando hacia donde ella está. Pero teme más que él ya no esté.


El hombre está esperándola. A ella. La ha visto desde que nadaba sola. El único punto entre las olas. La ha captado de reojo cuando salía del agua. La ha mirado sin reparo cuando fue él quien salió del agua y ella leía, abstraída, su libro. Le ha gustado su desconcierto cuando le pidió la toalla. Una mujer sola, disfrutando de la playa y del mar, en una inexplicable mañana cálida de junio, no pasa desapercibida. Es hermosa, además. Ojos oscuros, piel canela, cabello negro y largo. Lo ha mirado directamente a los ojos y le ha preguntado si se quedará. El hombre sabe que esa ha sido una invitación. No ha podido dejar de mirarla cuando ha caminado al mar. Su cuerpo es una sucesión de curvas. No es delgada, pero sí armoniosa. Su espalda es ancha, sus brazos y sus piernas son fuertes, sus caderas son firmes. El hombre se ha imaginado caminar tras ella, rodear su cintura y atraerla contra su cuerpo, pero, sin moverse, la ha seguido con la mirada hasta que ella ha desaparecido bajo el agua.


El hombre ha husmeado entre sus cosas. Dos manzanas, un libro, unas llaves. Es una mujer sencilla, no se complica la vida. Al hombre le atrae cada vez más. Noche, su perro, también está inquieto por la mujer. La espera en la orilla, corriendo entre la espuma que van dejando las olas al acercarse. Ella se sumerge y reaparece, pero no voltea a mirar la orilla. El hombre espera verla salir. Es paciente. Saca de su mochila una botella de agua y bebe. Ojea el libro de la mujer. Mira la hora. Las 9:48. Minutos después, Alana sale del agua. El hombre la mira. Le gusta lo que ve. Alana juega con su cabello, pero él intuye que está intentando cubrirse los senos. Ella no lo mira de frente. Está incomoda. El hombre camina hacia ella con la toalla en las manos. Se la alcanza y ella rápidamente se cubre. Él la deja hacer. Al cabo de unos minutos, ella se relaja. Noche corretea entre ambos. Alana sonríe. ¿Cómo se llama?, pregunta. Noche, contesta el hombre. Noche, repite ella. Él sonríe. ¿Desayunaste algo?, pregunta. Una manzana, aquí en la playa, dice ella. Te puedo preparar algo, invita él. Me encantaría un café, acepta ella.


El hombre se pone un polo y las sandalias. Guarda el agua y la toalla en la mochila y se la cuelga de la espalda. Coge la tabla y empieza a andar. Alana se ha puesto el buzo sobre la piel aún húmeda y se ha cruzado el bolso en la espalda. Lleva las zapatillas en las manos. Noche camina varios metros adelante. El hombre gira y mira a Alana. Le tiende una mano. Mauricio, dice. Ella toma su mano. Alana, responde. Alana, repite él. Nunca conocí a una mujer que se llamara así.

(…)

Junio 2020

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