Sed

Me he despertado de golpe. Ha sido el calor sofocante. O tal vez una ventana que se ha cerrado con fuerza a causa del viento. En estas noches de tormenta, sopla fuerte desde el sur, derriba árboles y levanta una polvareda que entra por las ventanas e invade las casas. Pero no, no he sentido el viento esta noche. No ha cerrado ni abierto ventanas. Ha de haber sido el calor. Tengo aún la cabeza pesada, me cuesta terminar de despertar. Me levanto y camino hacia la cocina, apoyándome en las paredes. Necesito agua. Para tomar y para mojarme la cara. El contacto de mis pies con el piso frío, ayuda. No prendo luces, no las necesito. El corredor a la cocina está iluminado por un haz de luz que entra por la claraboya. Por unos segundos, la hermosa estela de partículas de luz me distrae. Quisiera seguirlas, elevarme, desaparecer caminando tras ellas. Es la sed. Estoy mareada. Necesito el agua. Llego a la cocina y camino hasta el lavadero. Abro el caño y tomo el agua directamente del grifo. Parte de esa agua fría me chorrea por el cuello, por el pecho, baja por mi vientre. Me electrizo. Recién ahora me doy cuenta. Estoy desnuda. Totalmente. No llevo puesto nada. Es extraño. Aún con el calor de verano, el pudor me fuerza a usar un pequeño vestido de algodón para dormir. Pero no lo tengo puesto. Meto toda la cabeza bajo el chorro fresco de agua fría. Siento el latigazo en la espalda. Me incorporo y dejo que las gotas caigan por todo mi cuerpo. Me sacudo. Voy recobrándome. Voy recordando. También tú has recorrido todo mi cuerpo con la punta de tus dedos, con la punta de tu lengua, con la punta de tu sexo. También contigo he sentido el latigazo que sacudió mi espalda, mi tronco, mi pecho y que erizó la punta de mis senos y el centro de mi propio sexo. Ahora recuerdo bien tus manos sacándome desesperadamente el vestido en la mitad de la noche, desnudándome y tomándome. El calor era tal que ardíamos. No hablamos. Solo nos besamos como poseídos. Y nos poseímos como desquiciados. Parada en el centro de la cocina, recuerdo tu cuerpo estirado, tu espalda arqueada, tu cuello en tensión en el momento del clímax. Lo recuerdo ahora, tan claro, porque en ese instante el haz de luz te atravesaba y eras como un dios levantando vuelo, poderoso y fuerte, encima de mi. Un dios hermoso y poderoso que ahora duerme en mi cama, entre las sabanas revueltas y mi pequeño vestido negro. Ese al que ahora vuelvo, mojada y despierta, lista para empezar todo de nuevo.

Febrero 2020

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