Retorno

Había vuelto a la casa donde pasó años de su vida. Pero volvía sola. Un colchón, la cafetera y los libros. Una mochila con la ropa y una caja de cartón con algunos trastes de cocina. Sabía que, poco a poco, iría completando lo necesario. La casa era enorme para sus pocas cosas. Cuatro dormitorios. Colocó su colchón en uno de ellos. Los libros fueron a otro. Un tapete redondo en el tercero. El cuarto dormitorio tenía solo el cargador de su teléfono. Logró establecer una rutina impecable, con la que transitaba de un espacio a otro, logrando ocupar la casa entera. La habitación donde puso el colchón servía solo para dormir. Apenas se despertaba, salía de allí y no volvía hasta la hora de acostarse. La que tenía los libros era su lugar de trabajo. Al cabo de una semana de volver a la casa, consiguió una mesa baja y un cojín. Se sentaba sobre este, con la espalda apoyada en una de las paredes y los cuadernos sobre la mesa y escribía. Escribía sin parar. La habitación del tapete redondo era su espacio de meditación. Se sentaba allí en flor de loto al menos una vez al día, por media hora. Cerraba los ojos, inhalaba y exhalaba hasta lograr que sus pensamientos se detuvieran. O hasta poderlos dejar pasar, sin retenerlos obstinadamente. La cuarta habitación había sido un reto. En un principio pensó en colocar allí su ropa y convertirla en un gran closet, pero desistió rápidamente porque no era muy cómodo. Una noche en que se había desvelado mirando sus mensajes en el celular, desde su colchón-cama, decidió que no debía tener el teléfono cerca y fue allí que pensó que podía usar el cuarto dormitorio para conectarse al mundo exterior. Era allí donde dejaba el celular y allí donde entraba cuando quería revisarlo. No en la habitación-dormitorio ni en la habitación-oficina ni en la habitación-para-meditar. Quedaba, claro, darle un uso sensato a la sala y a ella le reservó el tiempo del ocio. Cuando quería escuchar música o solo descansar, iba a la sala. Había sido al cabo de un mes de volver que consiguió un pequeño y viejo sillón, que colocó en la enorme sala. Por lo demás, el baño, la cocina y el comedor no necesitaban mayores definiciones. Era claro para qué estaban.  El comedor tuvo sus limitaciones porque no tenía ni mesa ni sillas, pero un almohadón recubierto con una manta le sirvió el primer mes. Cuando consiguió el sillón para la sala, negoció consigo misma y aceptó que podía sentarse allí para comer. Poco a poco llegaron algunos adornos y plantas. Su cajita de inciensos y su quemador de aceites eran móviles así que podía pasarlas de habitación en habitación sin problemas, invadiendo toda la casa con los aromas de la canela, la vainilla o el pachulí. El aroma del café pasado en la mañana, ayudaba también. Y el del tabaco que fumaba, completaba la sensación de casa ocupada, casa llena, casa viva. Desde el celular conectado siempre en la habitación-mundo-exterior, sonaba la música que ella iba eligiendo según sus estados de ánimo. Un pequeño parlante que consiguió de oferta y que trasladaba a la habitación que ocupaba, llenaba de sonido la casa. No faltaba ya nada. Sus vacíos y sus silencios se fueron llenando con aromas, sonidos y colores. Volver a la casa familiar, de la que salió de la mano de su compañero y sus hijos para empezar nuevos proyectos y a la que regresaba sola cinco años después, había sido posible. En un inicio, todos trataron de disuadirla. Que mejor alquilar algo, que tal vez por un tiempo la casa paterna, que no estaría mal compartir con amigas, que quién sabe si incluso un apart hotel donde le incluyeran las comidas. Las ideas fueron diversas pero la coincidencia entre todos los que opinaron, fue inequívoca: a la casa familiar no debía volver. Que era muy grande, que se sentiría muy sola, que habría demasiados recuerdos, que podría ser hasta peligroso. Por supuesto tenían razón. En todo. Pero ella quería volver. Necesitaba deambular por su antiguo hogar, reconocer sus hábitos una vez más. El modo en que la luz de febrero entraba en diagonal por el ventanal de la sala y caía sobre la pared, el golpe de una ventana en las tardes ventosas de junio cuando aún no se animaba a cerrarla, el tiempo que tardaba el caño de la cocina en parar de gotear. Su casa-hogar estaba llena de trucos y de guiños. Plagada de recuerdos. Los había en forma de sonidos, de olores, de sensaciones en la piel. Una corriente de aire que iba de la cocina a la habitación-para meditar, el olor del jazmín que se colaba por la ventana de la habitación-oficina, los ruidos de la avenida que entraban por la sala. Los otros olores se habían ido difuminando con los años. La colonia del marido, los sudores de los hijos después de jugar a la pelota, los guisos del almuerzo. Los sonidos de antaño se habían perdido en el aire. Risas, conversaciones, algún llanto de medianoche. La casa-hogar había dejado ir aquellos recuerdos. Ella tenía que concentrarse para recuperarlos. A veces se detenía en la puerta de la habitación-para-meditar, que había sido de su hija mayor. Cerraba los ojos y buscaba en su memoria el recuerdo de algún día, cualquiera, en que la niña jugaba allí. Podía escucharla, podía olerla. Pero cuando abría los ojos, ya no podía verla. No estaba. Desistió de esos ejercicios. Acentuaban el dolor de su soledad. Poco a poco fue aceptando que la casa-hogar-familiar era ahora solo su casa. La casa-suya. Hizo las paces con la idea. La habitó en todos sus rincones. La recorrió, le dio nuevos olores y nuevos guiños. La casa-suya era como ella misma. Se reinventaba. Se reanimaba. Un día regresaba caminando de hacer compras en el mercado. Algo se movió entre unos arbustos y ella descubrió la luz chispeante de los ojos de una pequeña gata. El instinto fue más rápido que el cálculo y sin ninguna mediación, estaba agachada recogiendo con cuidado a la pequeña. La metió en la bolsa de compras, sobre una papaya y subió a su casa. Calentó un tazón de leche y lo dejo en un rincón de la cocina. La gata se acercó con cautela y bebió la leche. Era muy pequeña y estaba muy flaca. Era recelosa también, guardaba su distancia. La mujer no se inmutó pues ella también guardaba sus distancias. Pero al cabo de unos meses, también la gata habitaba todos los espacios de la casa. También la había reinventado. Dormía en la habitación-para-meditar y a veces en el colchón-cama junto a la mujer. Jugaba en el sillón de la sala o en la habitación-oficina, persiguiendo bolas de papel que la mujer le tiraba con aquellas versiones de breves relatos que no la convencían. Un día, la mujer se sorprendió riéndose por los juegos de la gata. Corrió a mirarse en el espejo del baño. Había olvidado cómo era su sonrisa y la encontró hermosa. Una lágrima le resbaló por la mejilla. Era capaz de volver a reír. La gata se instaló y ayudó a reanimar la casa. Y a la mujer. La mujer sintió que aquella casa-suya estaba creando nuevas historias, nuevos recuerdos. Como ella. Una tarde en que no lograba darle forma a un cuento con el que andaba peleando, tiró la hoja en forma de bola de papel al piso pero la gata no le hizo caso. Con el pie, empujó la bola hacia la gata, tratando de invitarla al juego, pero la gata seguía sin hacerle caso. Se quedó largo rato mirándola. Por qué no quieres jugar, le preguntó. La gata solo miraba la bola de papel, pero no la tocaba. La mujer recogió la bola y estiró el papel. Leyó una vez más lo que había escrito y no le pareció tan malo. Quizá podía retomar esa historia. Quizá sólo necesitaba algunos ajustes para poder ser. La mujer decidió darse una nueva oportunidad para escribir su historia. La mujer decidió, conscientemente, empezar a vivir de nuevo.

Febrero 2020

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