La licencia

Tenía la blusa ligeramente arrugada y se notaba el doblez que había quedado en el pantalón después de descoserle la basta. Se veía una mancha en el zapato, recordaba de qué exactamente. Sabía que su bolso estaba viejo, algo deshilachado incluso. Toda ella, como su bolso, se veía vieja, desgastada, descolorida. Su largo cabello negro no tenía el brillo de antaño, su rostro estaba siempre demacrado, las ojeras marcadas, los labios resecos y agrietados. Los dedos de las manos, llenos de manchas, estaban empezando a deformarse por la artritis, las uñas le crecían amarillentas por años de tabaquismo. Su cuerpo todo se iba deformando con el paso del tiempo. Encorvando, ensanchando. Pesando. El cuerpo le pesaba, le dificultaba caminar. Solían dolerle las piernas, las rodillas, los tobillos. A veces hasta las plantas de los pies le dolían. Tenía unos callos duros y fastidiosos en el pie derecho. Debía ser porque siempre se había apoyado más en ese pie, desde pequeña. Esa mañana tuvo que masajearse las pantorrillas porque un calambre la había retorcido de dolor al amanecer. Había gritado, inútilmente, porque ya no había nadie a su lado para ayudarla a estirar la pierna, a frotarse la crema, a calmar el dolor. Lo había hecho sola, con gran esfuerzo.

Como cada mañana, después de asearse, había puesto el agua a hervir en dos grandes ollas. Había lavado las papas para sancocharlas, mientras picaba la carne, las cebollas y los tomates y sofritaba todo para el relleno. Había pelado cada papa con especial cuidado, sacando los ojitos y la cáscara con minuciosidad. Las había prensado, luego, con esa vieja pero fiel prensadora que heredó de su madre. Su principal herramienta de trabajo, su amiga, casi. Había juntado sus dos manos como quien va a rezar, ochenta veces, para armar las ochenta papas rellenas que vendería ese día, como cada día. Mientras calentaba el aceite para freírlas, rápidamente picaba las cebollas en juliana y les echaba unas gotas de limón y una pizca de sal. Sin esa salsa criolla, sus papas no se venderían como se vendían. Ese toque era su orgullo. Más que eso, y lo sabía, era su sustento. Las papas de Mamá Gorda, decían los niños y las vecinas. Mamá Gorda. Solo que no era mamá, aunque sí estaba gorda, qué duda cabía. Tanto comer papas rellenas. O sin relleno. Tanta papa en su vida. Tanta papa desde que tenía recuerdos. En la pequeña parcela de su padre, eran el cultivo habitual. De él la familia subsistía y se alimentaba. Aun ahora, a sus setenta y pocos, ella seguía subsistiendo gracias a las papas. Todos los platos que sabía cocinar, todos los que le habían ganado un lugar como cocinera en chinganas, restaurantes y casas de familia, se hacían con papas. Y entre todos, la papa rellena era su plato favorito.

Estaba segura que por eso la habían citado en esa sala tan elegante, en esa sala bonita y fresca donde cada detalle de su ropa, sus zapatos y su cuerpo se acentuaba, donde ni se había atrevido a sentarse aunque le ofrecieron hacerlo. Observaba las flores en el jarrón, recién cortadas, el brillo del piso pulido, los adornos tan finos, los cuadros en las paredes, que no comprendía. Pensaba que sin duda en esa casa nueva y recién ocupada, necesitarían una cocinera experta para atender a la familia y a sus invitados. Una cocinera honrada y muy trabajadora, además. Y para eso, nadie como ella. Había recordado cada detalle de su preparado de papas rellenas de esa misma mañana y estaba lista para explicarle a la señora de la casa cómo las hacía para que supiera que ella era la persona que necesitaba. En esas ideas andaba cuando entró una joven, casi una niña, hubiera dicho. No tendría más de 25. Tan delgada, tan delicada, tan guapa.

– Me han dicho que usted vende papas rellenas en el colegio de la esquina –dijo la joven, sin saludarla.

– Sí, desde hace varios años. A los niños…  –contestaba Mamá Gorda entusiasmada, pero no pudo terminar.

– ¿Tiene permiso municipal para vender en la calle? La pregunta cayó pesada como el arado cuando golpea la tierra.

– ¿Permiso? No, no señorita. Señora. No, hace años vendo y…

– Acabo de mudarme a este barrio y no voy a tolerar la informalidad y la venta ambulatoria, menos de comida chatarra. Espero no verla más o me veré obligada a denunciarla en la municipalidad.

Sin decir una palabra más ni detenerse a mirarla o despedirse, la joven señorita salió de la elegante sala dejando a Mamá Gorda inmóvil, sin habla, casi sin aire. Así la encontró algunos segundos después la empleada, que entró para acompañarla a la puerta. Mamá Gorda estaba tan sorprendida que no atinaba a nada. No reaccionaba. La empleada le susurró que debía salir, la tomó suavemente del codo y la fue empujando hacia la puerta. Ya en la calle, le dijo que mejor no volviera. Que la señora realmente la denunciaría en la municipalidad, hablaría con todos los vecinos, se quejaría en el colegio para que no dejaran que vendiera más allí. Le dijo que era mejor no hacer enojar a la señora.

Mamá Gorda volvió a su casa esa noche, más cansada que nunca, con más peso del que podía soportar, con más dolor, tristeza y soledad de la que había sentido desde que dejó su pueblo y a su familia hacía casi sesenta años. La bonita señora de la casa nueva le había hecho recordar, en solo un minuto, años de maltrato y abuso, años de vergüenza y decepción. Y se dejó vencer. Se fue a dormir sin comer, sin lavarse, sin siquiera quitarse la ropa trajinada del día. Simplemente, se dejó caer en la vieja cama. Al amanecer, un nuevo calambre la despertó. Mamá Gorda estiró la pierna como había aprendido, pero aguantó el grito. Mamá Gorda se dio cuenta, en ese momento y con el dolor, que estaba vivita y coleando todavía. Cuando paró el dolor, se levantó, puso sus ollas a calentar y se aseó. Preparó sus ochenta papas y se fue. Derechito a la municipalidad. Derechito a pedir su licencia.

Abril 2017

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