La Harley

Es verdad eso de que los polos opuestos se atraen, pero todo tiene sus límites, solía decirte. Tú reías al principio, te enfurruñabas después, tratando de convencerme, pero al final solo desviabas la mirada y callabas. Yo no supe darme cuenta que eso presagiaba el final: no había más lucha, más intento. Habíamos empezado a dejarnos morir. Esa inercia con la que nos fuimos distanciando solo se quebró cuando hubo que definir cómo repartir la casa, las cuentas. Ahí salieron, con rabia y sin pudor, todas las verdades nunca dichas, todas las acusaciones, todos los insultos. No quiero hablar más de esa etapa porque fue demasiado terrible, demasiado destructiva. La recuerdo ahora solo porque fue en una de esas muchas peleas en que me dijiste que por fin serías libre para hacer lo que tanto querías, para ser quien querías ser. Ahí me dijiste que te comprarías la Harley y que te irías a viajar por el mundo, feliz por fin. Ahí supe yo que ya no teníamos nada en común.

Ha pasado tanto tiempo de eso que ahora puedo contarlo sin sentir que se me retuercen las tripas de cólera o de dolor. Supongo que eso, el tiempo, es lo único que explica que podamos estar acá, juntos de nuevo, intentándolo otra vez. El tiempo y la calma que se logra con su paso. La calma para pensar, para temperar, para revisar. Para sentir.

Sabes bien que mucha gente me ha aconsejado en contra. Me da un poco de risa porque, entre las mil cosas que me han dicho, está la enseñanza japonesa esa, la del jarrón roto. Lo gracioso es que me la han dicho distintas personas con fines opuestos. Luciana, de la oficina, dice que la vasija rota soy yo y que ahora soy más hermosa y más fuerte, entonces tengo que buscar algo mejor para mi. Tere, de la danza, dice que el jarrón roto somos nosotros, nuestra relación imperfecta pero fuerte, que ahora es más valiosa, más vital y que por eso vale la pena intentarlo de nuevo. Parece que ganó esa interpretación, ¿no? Así que aquí estamos ahora, en pleno intento.

Me miras reír y me preguntas qué pasa. Te lo cuento. Me río de mi misma, porque no puedo sino reconocer mi intransigencia, mi testarudez. Sí, pues, me toca tragarme las palabras y confesarte que lo disfruté. Después del miedo inicial, fui relajando los músculos, separando los dedos, soltando brazos y piernas, estirando la espalda, levantando la cabeza. Cuando avanzábamos por la autopista con el viento en contra, con el mar a la derecha y el desierto a la izquierda, empecé a disfrutarlo todo. El frío, la velocidad, el paisaje, el olor del mar, la brisa. Me sentí viva y conectada conmigo misma, contigo, con el planeta. Aferrarme a tu cuerpo, sujetarme de ti, mi pecho contra tu espalda, tu calor. Ver tu sonrisa por el espejo, tu alegría de tenerme allí, junto a ti, asustada pero contenta. Lo admito, llegué también a sentirme conectada con tu moto, con su rugido y su poder, con su movimiento, con su fuerza.

Me río, querido, mientras me pongo el casco para salir a pasear de nuevo. Me río porque recuerdo todas las veces que dije que primero me divorciaba antes que subirme a tu Harley. Como ves, me estoy tragando mis palabras.

Septiembre 2017

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