Generaciones

Clara dice que es profundamente egoísta de mi parte venir a contártelo todo. Que eso de sanador y liberador es una buena mierda. Dice, básicamente, que soy tan cobarde que no puedo ni con mi propia conciencia y por eso necesito sacarlo todo, solo por mi. Alba dice lo contrario. Que soy muy valiente y que apoya completamente mi decisión de ser sincera, que esto es muy importante para todas. Como imaginarás, a mi me importa un comino la opinión de ambas en este asunto. Además, estoy segura que lo más importante ya lo sabes, lo has sabido siempre. Pero, óyelo bien, por más estampitas, crucifijos y rosarios que tengas, cura no eres, así que no vengo a confesarte nada. Vengo a contártelo todo. Que es distinto.

Ese verano, cuando cumplíamos quince y alquilaron la casa de playa, fue el mejor verano de nuestras vidas. Clara, Alba y yo fuimos felices, como nunca lo volvimos a ser después. El sol, el mar, los amigos, las fogatas, todo era perfecto. Nos divertíamos tanto. La playa era nuestra, el mundo era nuestro. Ustedes trabajando en Lima, nosotras pasándola genial, solas con la abuela. ¡Qué delicia! Fue el regalo más grande que pudieron darnos. Recuerdo cuando nos dijeron que confiarían en que sabríamos comportarnos, hacer caso a la abuela y no meternos en problemas. Papá dijo: “Ya están creciendo, tienen que ser responsables”. Tú no estabas tan segura, creo. Pero papá lo había propuesto y nosotras, por supuesto, habíamos saltado por toda la casa, locas de alegría. ¡Las tres solas con la abuela, un verano entero!

Los primeros días nos sancochamos, ¿recuerdas? La abuela nos tuvo que poner rodajas de tomate para bajar la insolación. No podíamos contenernos. Queríamos tomar todo el sol, todo el mar, todas las estrellas de las noches. Fue hermoso. Cada mañana, hacíamos el desayuno juntas. Clara preparaba el jugo de papaya, Alba hacía la tortilla de huevos, yo tostaba el pan y la abuela nos esperaba en la mesa, acomodando los individuales, los vasos y los platos. Luego corríamos a la playa hasta la hora de almuerzo. La abuela nos esperaba con casi todo listo, salvo la ensalada y el refresco, que hacíamos por turnos. A la tercera le tocaba lavar los platos. Las tardes eran de lectura. La abuela creía que no debíamos entrar al mar después de comer. Pero al ponerse el sol, bajábamos a la playa nuevamente, hasta el anochecer. Y fue ahí que conocí a Tomás.

Clara trató de evitarlo. Me amenazó con acusarme con la abuela, con papá, contigo. Alba, pobre, creía en el amor, se ilusionaba. Yo era una estúpida y creí que sería eterno. Que Tomás sería el amor de mi vida, el padre de mis hijos. La noche de San Valentín me entregué a él. Para la semana siguiente, ya ni me saludaba cuando nos veíamos en la playa. Se reía con sus amigos cuando yo pasaba cerca. Sí, caí como una imbécil. Perdí mi virginidad una semana antes de cumplir los quince. Por eso no quise ni fiesta ni vestido ni nada. Quería enterrarme por la vergüenza. Pero lo peor fue notar, un mes después, que no me venía la regla.

Sabía que no era justo hacer que Clara y Alba cargaran con esto, así que me hice el aborto sola, en un lugar de mala muerte que encontré en el periódico, pero no pude conmigo misma después y se lo conté todo a la abuela. Aún recuerdo cómo le rodaban las lágrimas mientras se lo decía. Pero también recuerdo la profunda compasión en su mirada, el calor de su beso en mi frente. No me juzgó, solo me abrazó hasta que dejé de sacudirme y de llorar. Sé que nunca se lo dijo a nadie. Guardó el secreto, me cuidó, me ayudó a sobrevivirlo y me acompañó hasta superarlo.

Aunque hayan pasado ya casi treinta años, no he olvidado ni un solo detalle de esos días, de ese verano. Y hoy necesito decírtelo todo, para que puedas despedirte tranquila de ella. Para que sepas que fui yo quien rogó que no dijera nada. Fui yo quien la convencí de que no era necesario hacerte pasar por ese dolor, por esa decepción, aunque las dos sabíamos la verdad: me aterraba pensar que me dejarías de querer, que no podrías perdonarme nunca.

Anda mamá, por favor, dale un beso y dile que la entiendes, aunque por dentro te mueras de la pena o de la rabia. Hazlo por ella, que lo único que le pesa en la vida es haberte ocultado esto. Déjala irse tranquila.

Septiembre 2017

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