Ficciones que me cuento (inconcluso)

-1-

Aturdida por el agotamiento, el calor no hacía sino incrementar su sensación de sopor. El trayecto del aeropuerto a la ciudad había sido confortable y había calmado temporalmente su cansancio, pero al llegar al micro centro y caminar bajo el sol ardiente del mediodía, sentía todo el peso de una noche entera sin dormir, el trabajo acumulado de los últimos días, la incomodidad del avión durante horas y los kilos de libros en la mochila.

Decidió entrar a un viejo bar para esconderse del sol y recuperar energías bebiendo una cerveza amarga y helada bajo la brisa fría de un aire acondicionado que felizmente funcionaba bien. Al principio despachó mensajes urgentes y se distrajo en el agujero negro de sus redes sociales. Luego, tomó uno de los libros que cargaba en la mochila y siguió su lectura, mientras almorzaba una ensalada fresca con pescado a la plancha. Extenuada como había estado, era sorprendente que pudiera concentrarse pero, el almuerzo y el frescor del bar la habían despertado del letargo. Poco a poco, volvía a zambullirse ensimismada, fascinada con las historias de los Sui, los Zhao y los Li.

Quería, además, mantenerse a buen recaudo del sol, al menos hasta que pasaran sus peores horas en esos días de canícula. Cuando dieron las 5 pidió un café corto y negro, lo tomó de un trago y pagó la cuenta. Salió del bar y caminó las 10 cuadras que el mapa le indicaba, hasta la tienda de música donde recogería las entradas para el festival. Procuró caminar siempre por las aceras donde había sombra, pues el sol aún estaba implacable y quería evitarlo. Su amor y pasión por el sol solía limitarse a las oportunidades en que podía disfrutarlo al lado del mar, de algún lago o de algún río donde pudiera refrescarse de sus efectos. Y esta ciudad no tenía ni lo primero ni lo segundo. Río tenía, pero no del tipo disfrutable.

En la tienda de música había poca gente a esa hora y el encargado estaba desocupado. Ella le mostró en el celular el código de barras que le había llegado por correo electrónico y él, luego de pelear con una computadora vieja y lenta, le imprimió los boletos. Dos abonos para el festival completo. Los guardó en el libro que venía leyendo, como si fueran marcadores y, antes de salir a enfrentar el calor de la tarde, optó por distraerse mirando los discos en los mostradores de la tienda. Se había prometido no comprar nada, sobretodo porque la espalda ya acusaba resentimiento por el peso de la mochila, pero no pudo resistirse a algunas joyas que encontró en el mostrador de ofertas.

Había escuchado a Joanne Shenandoah cuando, años atrás, había subido a las montañas de su país a construirse un tambor. El maestro que la guió para hacerlo solía poner a esta compositora de la Nación Oneida, a quien la mujer amó desde que escuchó el primer acorde de su guitarra y adoró cuando sintió el vibrar de su voz en esos indescriptibles cánticos Iroquois. Encontrarse con uno de los primeros discos de esta loba fue un regalo que no podía dejar pasar.

Pero no fue el único. Al levantarlo, quedó expuesto un tesoro que le trajo reminiscencias de otro viaje de búsqueda personal que había hecho una vida atrás, a las montañas de Escocia. Era un disco de música gaélica, totalmente interpretado por mujeres. Fue el nombre de una de ellas el que disparó el recuerdo: un bar en un pueblo cercano al mítico lago Ness, una tarde nublada y de vientos intensos, un hombre de ojos claros mirándola desde la barra con una cerveza oscura en las manos. Una invitación que ella no aceptó.

El recuerdo la hizo sonreír y decidir la compra del disco. Esa noche, en pocas horas, iría al encuentro de otro hombre cuya invitación había decidido aceptar.

-2-

Había olvidado cuan largos eran los días en el verano. Al salir de la tienda de discos, el sol aún brillaba y el calor todavía era agobiante, pero al menos una brisa ligera, que acariciaba y movía las hojas de los árboles, refrescaba a intervalos irregulares. Ella eligió calles laterales para caminar pues tenían más árboles, más brisa y más sombra. Tenía aún un par de horas para llegar al espacio cultural donde la agrupación de percusionistas tocaba, religiosamente, cada lunes por la noche. No paramos ni con lluvia, prometían. Y cumplían. Sabiéndolo, ella hubiera agradecido la lluvia, pero ni asomo de que fuera a suceder. Al menos eso era seguro. Lo que no lo era tanto, es que él fuera a aparecer.


Unas semanas atrás, ella le había contado que, en el patio de los percusionistas, los lunes en la noche, se transformaba. La mujer introvertida y melancólica entraba lentamente en un trance, empezando por un ligero movimiento pendular de la cabeza, seguido por otro, ondulante, del tronco y la cintura, hasta ir alcanzando fuerza en las caderas que empezaban a sacudirse al ritmo de tambores, congas y djembes. Al inicio, los pies no se despegaban del suelo. Ella era como un árbol bien enraizado en la tierra, sus piernas, dos troncos firmes. La música era como esa brisa ligera de la tarde, que la movía de a pocos. Al inicio, todos los sentidos estaban activados: la mirada fija en los músicos, la percepción de los olores y del calor, de su propia transpiración y del roce eventual con otros cuerpos.


La transformación se completaba cuando cerraba los ojos y perdía contacto con los rostros y las luces, con los olores y con los cuerpos-otros. Quedaba conectada a ese espacio-tiempo solo por el golpe rítmico de manos y baquetas y por las vibraciones que producían al contacto con instrumentos ancestrales. Cuando esa vibración alcanzaba su centro, por detrás y por debajo del ombligo, ella solo sentía y reaccionaba.


Todo su cuerpo vibraba en suaves convulsiones. Sus brazos distanciándose del tronco, abriéndose y levantándose en movimientos ondulantes y expansivos, como queriendo llevarla, alzar el vuelo. Sus pies despegándose del suelo, sus rodillas flexionándose para permitir las contorciones de piernas y caderas. Sus hombros, su espalda y su pecho sacudiéndose, irguiéndose y plegándose, suave o frenéticamente.


Toda ella, extensión del aullido de todos los tambores. Toda ella, explotando en una cadencia tan sensual como animal. Toda ella, gritando sin abrir la boca.


Él había dicho, quisiera verte en esa transformación. Ella había respondido, tendrías que estar allí. Él había exclamado, ojalá un día pueda. Ella había sonreído, dudándolo. Él había insistido, será, había dicho.


Y ese día, si él llegaba, podría verla. Habían coincidido en esa ciudad, por pura casualidad. Él se presentaría en una conferencia. Ella estaba de pasada, solo una parada breve en su ruta a otro lugar. Solo esa tarde. Solo un lunes por la tarde.


Él había preguntado, ¿irás a tu danza? Ella había respondido, por supuesto. Él le había recordado que deseaba verla. Ella le había repetido, tendrías que estar allí. Él había ofrecido, iré, te miraré y te invitaré una cerveza cuando salgas del trance. Ella le había dicho, estaré allí minutos antes de las 8.

Él había pensado que tendría que acomodar sus horarios para ir a verla, pero que, si la mitad de las cosas que le había contado sobre su transformación eran ciertas, valía la pena. Ella no sabía si finalmente él aparecería. A pesar de desearlo, él no sabía si podría llegar.


A pocas cuadras del patio de los percusionistas, la gente se juntaba en grupos riendo y hablando. Muchos tomaban cervezas y el olor a marihuana flotaba y se esparcía por el aire. Ella sonreía. El lugar la excitaba, le avivaba los sentidos. Los del cuerpo y los del espíritu. Era como habitar, aunque solo fuera por unas horas, un tiempo fuera de su tiempo. Un mundo-otro, pasajero pero posible. Un escape que bien podía ser un encuentro. Consigo.


Encendió un cigarrillo y se apoyó en una pared, bajo la sombra de un árbol de tronco oscuro, rugoso e imponente. Sintió ganas de cambiar de posición y apoyar la espalda en ese tronco, pero optó por mirarlo de frente. Se distrajo siguiendo las líneas de una nervadura, su camino por momentos interrumpido, desde el punto en que emergía de la tierra hasta perderse de vista entre el follaje de una rama alta. Pensó en las raíces que no veía y se preguntó cuan profundo llegarían en la acera y, si acaso alguna pasaría justamente por donde ella estaba parada.


Distraída como estaba, fumando en automático, no notó al hombre que se había acercado y que la miraba, sonriente. ¿Dónde has estado toda mi vida?, le dijo. Ella estalló en una carcajada. ¿No tienes una línea mejor para seducirme?, le preguntó. Suele funcionar, replicó él. Conmigo no, respondió ella. Me llamo Omar, le dijo. Sharif, completó, guiñándole un ojo. Lástima que yo no soy Lara ni tú Yuri, bromeó ella. ¿Esperas a otro?, preguntó él. No espero, pero si viene estaré con él, respondió ella. Te estaré mirando, dijo él. Si no llega tu Viktor, iré por ti. Volvió a guiñarle un ojo y avanzó hacia la entrada del local, donde ya se había formado una línea larga para comprar las entradas.


Ella ya tenía comprada la suya y podía entrar por una puerta lateral, directamente. Decidió esperar unos minutos más. Estaré allí minutos antes de las 8, le había dicho. A las 8 y un minuto, apagó un segundo cigarrillo en la suela de sus sandalias, caminó hasta un tacho de basura que había en la esquina para botar allí las colillas y volvió sobre sus pasos para entrar al local. Antes de hacerlo, miró sobre sus hombros. Él no estaba.


La música empezaba a sonar. El lugar explotaba de gente. El ambiente era una fiesta. Ella empezó a sentir que su corazón bombeaba la sangre dentro de su cuerpo con más fuerza. Volteó una vez más hacia la puerta y a los lados, buscándolo con la mirada. Él no estaba. Un velo de tristeza amenazó con cubrirla. Cerró los ojos, aspiró profundo y sacudió la cabeza. Decidió que no sería así. Se ajustó el morral a las caderas y se desató las trenzas. Se dispuso al disfrute.



-3-

Con los primeros golpes rítmicos, la multitud estalla. Es como haber tenido a centenares de personas en compás de espera, en alto el fuego, en todavía no.

(…)

Enero 2020

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