Contar hasta diez

Hace tiempo no escribía. Algunos creen que es porque no tengo nada que decir, pero se equivocan. Tengo tanto que las palabras se me atropellan en la cabeza y los dedos no alcanzan la velocidad de mi pensamiento. Me atormenta saber que no lograré, nunca, transmitir lo que quiero. Es imposible. Ya siento cómo se escapan por todos lados las palabras que tendría que haber usado, las expresiones que tenía pensadas, las ideas con las que sueño en las noches y se me escurren antes de abrir los ojos por las mañanas. Hace tiempo no escribía, pero ahora estoy aquí, tecleando como loco en esta vieja máquina, tratando de recuperar algo de cordura.

***

Cuenta hasta diez. Respira y cuenta hasta diez. Uno, dos, tres. No reacciones antes de haber llegado a diez. Espera la calma. Cuatro, cinco, seis. No es bueno hablar desde la reacción rápida. Necesitas respirar, relajar. Siete, ocho, nueve.  Concéntrate en la respiración y no en las palabras que quieres escupir al llegar a diez, de eso no se trata. Pon en blanco la mente. Diez.

***

  • ¿Cómo se siente esta mañana? –dice la mujer, con voz modulada, mirada penetrante y el lapicito entre los dedos.
  • Bien –respondo sin contar. Sé que no será suficiente. Quiere largas frases, llenas de información que escribirá rápidamente en el cuaderno de notas sin dejar de mirarme.
  • Bien. Muy bien. ¿Me quiere contar un poco más? –insiste, mientras hace los primeros garabatos en el papel.
  • No, no quiero –reacciono demasiado rápido. No llegué ni a tres antes de contestarle.
  • ¿Por qué? –pregunta, con esa mirada que me pone los nervios de punta.
  • Porque no me siento bien –contesto, dándome cuenta antes de terminar la oración que me he metido en un problema.
  • Pero si recién me dijo que se sentía bien esta mañana –me atrapa, la muy astuta.
  • Me sentía bien hasta que usted me lo preguntó –le he mantenido la mirada y he contado hasta cinco. Sé que me dará unos segundos de paz.

***

Anoche soñé que tenía tres libros en la mesa. Todos tenían marcadores, los había empezado a leer pero no los había terminado. Eso me generaba angustia. Empezar y no terminar las cosas. Había también muchas hojas llenas de palabras, de oraciones, de párrafos. Pero ninguna tenía un punto final. Tampoco había terminado de escribir. Me desperté llorando.

  • ¿Cuénteme cómo pasó la noche? –vuelve a la carga, cruzando la pierna. Su pie derecho se balancea ligeramente. Esta tarde empezaré así un cuento: La mujer estaba tensa, su pie la delataba.
  • Bien –contesto tranquilamente al llegar a cuatro.
  • ¿No tuvo pesadillas? –pregunta, ofendiéndome. Sabe bien que las tuve, lo sabe todo, se lo informan.
  • ¿Qué le han dicho sus colegas? –le repregunto, sabiéndome astuto como ella. Voy avanzando, conté hasta seis.
  • Que se despertó llorando. Como cada madrugada desde que está aquí. ¿Quiere hablarme de eso? –me interroga con aparente dulzura.
  • No quiero, pero si insiste. Soñé que leía y escribía. Pero no terminaba. Justo como ahora, que me interrumpieron para traerme aquí –contesto airadamente. Este juego me enferma. Así nunca podré calmarme y contar hasta diez.
  • Es verdad, teníamos que interrumpirle para su cita de las tres. Pero, hablemos del sueño. Allí, ¿quién le interrumpía? ¿Por qué no terminaba de leer, de escribir?

La odio. Se cree muy lista, intenta atraparme. Haré uso de mi derecho a guardar silencio. Ni una palabra más. Contaré hasta diez, hasta cien, hasta mil, hasta que se acabe la hora. Le mantendré la mirada, mientas pienso en cómo puede seguir mi nuevo cuento: La mujer estaba tensa, su pie la delataba. No paraba de balancearlo nerviosamente, generando un temblor apenas perceptible en la mesa donde apoyaba el libro que leía.

***

Hace tres noches soñé que tenía cinco libros abiertos, con marcadores. Ninguno terminado. Los papeles llenos de notas estaban por todas partes, en la mesa, en las sillas, en el piso. Me acercaba a leerlos. Algunos solo tenían el título de un cuento, otros llevaban alguna dedicatoria, los menos tres o cuatro párrafos. Buscaba el lapicero para continuarlos y no lo encontraba. Me desesperaba, quería escribir, tenía tantas ideas, se me agolpaban en la cabeza, eran geniales, pero no encontraba el maldito lapicero. Me desperté gritando.

  • ¿Cómo se ha sentido esta semana? –pregunta con amabilidad.
  • Mal –contesto con vehemencia- No me dan papel, no me dan lápices, ni siquiera una tiza. Me están volviendo loco. Tengo demasiadas ideas.
  • Se puso muy mal hace unos días, ¿recuerda? Trató de lastimarse con el lapicero. Se lo hundió en la muñeca –replica con cuidado, mientras me observa.
  • Claro que lo recuerdo, ¡no tengo problemas de memoria! –me desespero. Nuevamente estoy perdiendo la cuenta, solo alcancé el dos.
  • ¿Por qué cree que trató de lastimarse? –insiste.
  • No quiero hablar con usted –respondo, luego de haber llegado a ocho.

***

Hace una semana soñé que había diez libros en la mesa. Los papeles llenos de notas estaban por todos lados. También las hojas de los libros, arrancadas, se confundían entre ellos. La sala era un caos. Mi angustia no tenía control. No podría leer tanto. No podría escribir todas mis ideas. Se perderían para siempre. No podía soportarlo. Me desperté pateando y golpeando el aire.

  • ¿Quiere hablarme de sus sueños? –me pregunta suavemente.
  • No son sueños, son pesadillas –contesto sin mediar pausa.
  • ¿Quiere hablarme de sus pesadillas? –insiste con delicadeza.
  • No puedo terminar ningún libro. No puedo escribir. Mis pensamientos son muy rápidos, se enlazan, se superponen, se confunden. No logro alcanzarlos –reacciono con agresividad.
  • ¿Cómo se siente al respecto? –interroga sin tomar notas, mirándome de frente.
  • Desesperado, frustrado –me rindo, me entrego.
  • ¿Intenta calmarse? –me alienta a seguir, con cuidado pero sin dar tregua.
  • No. Abro más libros, leo unas líneas, los tiro al suelo. Escribo títulos en hojas en blanco, garabateo ideas. Todas son geniales, pero todas me persiguen, me atormentan –estoy alterándome, estoy hiperventilando, ella lo nota.
  • Tranquilo, tranquilo, cuente hasta diez. Respire y cuente hasta diez –me aconseja. Le hago caso, me calmo. –Hábleme de lo que pasa después, en sus pesadillas.

Cuento hasta diez. Me calmo. Recuerdo todo. Mi mente no está en blanco sino llena de imágenes. Los libros en la mesa, las hojas desparramadas, la desesperación, las ideas que vuelan delante de mí, casi las puedo ver. Las palabras. Las palabras que se me escapan y no las puedo atrapar. Me atormentan desde los libros, me muestran lo que no soy, lo que nunca seré. Me vuelven a invadir el llanto, el grito, la rabia.

Respiro. Cuento hasta diez. Me calmo. La miro de frente y le hablo.

  • Después, enciendo un cigarro, dejo caer el fósforo aún encendido sobre los papeles que están tirados en la alfombra y empiezo a fumar. Miro el papel que se contagia con la chispa, miro las llamas. Veo las palabras que nunca sabré escribir bailando en el fuego, burlándose de mi. Veo arder mis libros, mis cuentos inconclusos, la mesa y las cortinas. Veo arder mi casa –explico, hablando pausadamente.
  • ¿Esto pasa después, en sus pesadillas? –pregunta, sabiendo la respuesta.
  • No. No en mis pesadillas. Esto es lo que pasó. Lo que hice. Me volví loco. Incendié mi casa –replico, cansado. Lo he sabido siempre, pero lo tenía bloqueado. Las pesadillas solo trataban de recordármelo. Ahora lo recuerdo bien.

***

Hacía tiempo no escribía. No me dejaban, al principio. Luego me permitieron usar una máquina vieja. Está atornillada a una mesa de madera. Deben creer que podría intentar suicidarme con ella, los muy tontos. No entienden nada. Pero yo sí. Se trata de contar hasta diez antes de escribir la primera palabra.

Noviembre 2016

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