Camino al sur

Él conduce, una mano en el timón y la otra acariciando su pierna, la de ella. A su lado, ella va totalmente de costado, acurrucada, las piernas recogidas sobre el asiento, una mano sobre su hombro, el de él. Embelesada, lo mira y lo escucha. Él cuenta recuerdos de su infancia. Ella sonríe y no para de hacer preguntas. Ella siempre hace preguntas. Muchas. Él a veces ríe con sus preguntas. Y siempre las contesta. Le gusta su interés, su curiosidad. Él también pregunta. Mucho. Quiere saberlo todo de ella. El día recién amanece y ellos, felices, lo comparten todo.

Van camino a esa playa-isla donde se refugiarán unos días de la vorágine de la ciudad y del trabajo. Donde se dedicarán a amarse de todas las formas posibles, a todas las horas y en todos los lugares, los obvios y los inesperados. Sobre la arena húmeda y sobre la cama tibia, en la colchoneta de la terraza y sobre la mesada de la cocina, en la ducha y bajo una sombrilla. Donde se amarán antes del café de la mañana y después de la última copa de vino de la noche. Y bajo la luz de la luna, cada noche que haya luna llena. Dónde se besarán y beberán, cubiertos de la sal del mar y recién bañados luego de la siesta de la tarde. Con unos libros regados a su alrededor o con la película inconclusa y olvidada. Porque la piel y el deseo es más fuerte. Y ellos no pueden más con tanta ansia acumulada.

Pero antes, en la carretera, se cuentan sus vidas, sus infancias, sus anhelos y sus terrores. No quieren que la ruta acabe pues  tienen tanta vida para contarse.

En un momento, la primera luz del sol de la mañana le da de lleno en los ojos, a ella, haciéndola achinarlos. Él logra ver, en ese instante preciso, el brillo en sus ojos, el reflejo de toda la luz cálida del sol. La emoción es tan intensa que se detiene a la vera del camino, se arranca el cinturón de seguridad y se lanza sobre ella, para besarla hasta quedarse sin aire, sin aliento, sin respiro. Ella ama esos besos desatados, desmedidos, descontrolados. Responde a ellos con la misma intensidad y con la misma pasión. Él adora que ella lo bese así, sin medida y sin sosiego.

En el margen de la carretera, se miran largo rato después de los besos. Se acarician con las miradas. Sonríen. Continúan la ruta, contándose las historias y los recuerdos. Construyendo nuevos.

El hombre y la mujer quieren llegar a su playa-isla porque mueren de deseo de quitarse las ropas y beber hasta la última gota de sus delirios. Pero, al mismo tiempo, no quieren que acabe, porque aman el camino. Porque lo que importa, siempre empieza y abraza en el camino.

Febrero 2020

Un comentario en “Camino al sur

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